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dissabte, 22 d’abril de 2017

El Cairo

A orillas del Nilo

Siempre había soñado con visitar Egipto. La república árabe, por su milenario pasado, me ha fascinado desde que era bien pequeño. Como sólo contaba con tres días, me conformé esta vez con disfrutar de la capital, y dejar para otra ocasión el resto de maravillas que guarda el país. 

Lo primero que me sorprendió fue el excelente aeropuerto del Cairo, moderno y con tiempos de espera muy cortos, a pesar de ser temporada alta. En esta primera estancia nos alojamos en el Cairo Marriott Hotel, originalmente Palacio Gezira, fundado por el gobernador Khedive Ismail para alojar los huéspedes ilustres que en 1869 viajaron a a El Cairo para la inauguración del Canal de Suez, incluyendo a la emperatriz Eugenia de Montijo, mujer de Napoleón III. Sus interiores, hoy restaurados, así como sus frondosos jardines, fueron diseñados por un equipo conjunto de alemanes y franceses. En 1903, el palacio, nacionalizado años antes, se transformó en hotel con el fin de poder reducir la enorme deuda que supuso su construcción.  Durante la Primera Guerra Mundial fue un hospital y en 1919 la familia siria Loftallah lo reabrió como hotel de nuevo. Durante décadas el palacio alojó fiestas y bodas de grandes personalidades, incluida al del Rey Farouk. En 1961, el hotel se nacionalizó dentro de las políticas socialistas de Nasser y en 1970 la cadena estadounidense Marriott tomó el control de la gestión del hotel, restaurándolo y dándole su actual aspecto. Los grandes salones, pasillos y comedores aún existen, así como numerosas escaleras monumentales de mármol, respetando el aspecto y estética original de los tiempos en los que se alojó la emperatriz Eugenia.

Desde la habitación disfrutamos de unas espléndidas vistas al Nilo, fuente de vida del país, adorado y respetado como dios por los antiguos egipcios. Es en las orillas del río que se encuentran los edificios más altos de la ciudad, mayoritariamente grandes hoteles. Esa noche nos dedicamos a pasear por los alrededores de la plaza Tahrir, famosa por ser el epicentro de la revolución que tumbó al dictador Hosni Mubarak. Me sorprendieron las avenidas y bulevares, muy similares a los de Madrid o Valencia pero en los años 80, con grandes edificios de apartamentos racionalistas, modernistas o eclécticos. Recorrimos algunos bares y terrazas, aunque pronto percibimos que la escena nocturna en El Cairo no concuerda con los veinte millones de habitantes de la ciudad. Muchos cariotas nos confirmaron que tras la revolución nada es igual.

Las pirámides de Giza

El primer día desayunamos en isla Gezira, donde está el Marriott. Y lo hicimos como egipcios: fuimos a un local estupendo, el Zooba, donde sirven ful (un puré de habas y garbanzos con limón, ajo y otras hierbas y especias) y taamia (que es el falafel egipcio) además de dos tipos de labna (una especie de crema de yogur): una con olivas y otra con pimiento asado. Tras tan contundente comienzo del día nos dirigimos al sur de la tranquila isla Roda, donde se encuentra el Nilómetro más famoso de todos. Esta estructura, compuesta de una columna con marcas, para prever las crecidas y sequías del río y poder mejor organizar las cosechas. Con la construcción de las presas de Asuán en el siglo XX, los Nilómetros dejaron de ser útiles.

Al lado de esta estructura está el museo de Umm Kulthum, una de las más importantes cantantes árabes. Allí se encuentran vestidos suyos, premios y condecoraciones que recibió alrededor del mundo así como vídeos con su música, conciertos y la historia de su vida. Fue muy cercana al presidente Nasser. Tanto la querían que su funeral, con honores de Estado, fue uno de los mayores de la historia: cuatro millones de personas. Aunque la cantante falleció en 1975,  Kulthum es aún hoy muy apreciada por árabes de diferentes países, tanto por su voz como por sus conmovedoras letras. A la salida, un pequeños parque flor Tras esta visita, nos fuimos hasta la vecina ciudad de Giza, donde se encuentra el valle más famoso de Egipto: el valle de las grandes pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos.

Lo primero que impresiona es ver que están en mitad del área metropolitana de El Cairo, rodeadas de edificios horribles. La más grande de las pirámides, la de Keops, se encuentraba abarrotada de turistas. Existe la posibilidad de entrar en sus pasadizos y cámara mortuoria pero nuestro guía nos dijo que no valía la pena ya que tanto las momias como los enseres de la tumba están todos en museos. Además, dentro de estas gigantescas tumbas apenas quedan jeroglíficos. Vista de cerca, a sus pies, impresiona muchísimo, sobretodo la gran puerta central, sellada con gigantescas rocas.

Nos desplazamos a continuación al mirador, alejado de las tres pirámides, desde donde se disfruta de una panorámica espectacular del valle. Además de las tres grandes pirámides, hay muchas otras pequeñas, algunas semi derruidas, construidas para las mujeres de los faraones. Todas las pirámides estaban recubiertas de reluciente mármol. El problema es que este material fue robado en diferentes épocas para construir palacios u otras tumbas en Egipto. Además, todas tenían pirámides  oro en las cúspides, que también fueron robadas a lo largo del tiempo. En la pirámide de Kefrén, hijo de Keops, aún se conserva el mármol de la cima. Allí también nos explicaron que las pirámides no fueron construidas por esclavos, sino por obreros libres, que recibían tres comidas diarias, una paga y un mes de vacaciones (que solía ser entre los actuales meses de julio y agosto). Las pruebas de los arqueólogos son los cientos de tumbas de los trabajadores de las pirámides que se han ido encontrando en el valle. Los esclavos no tenían derecho a funeral con lo que las tumbas son una prueba de que fueron trabajadores libres, fundamentalmente egipcios pobres atraídos por el empleo asegurado. Parece ser que las escenas de latigazos son una más de las tergiversaciones históricas que Hollywood nos ha "ofrecido". 

Tras las fotos pertinentes, fuimos a ver la Esfinge, que no es más que la cabeza de Kefrén con cuerpo de león, un modo de representar a los faraones uniendo su inteligencia propia y la fuerza del león. Las esfinges se usaron también como protección simbólica contra ladrones de tumbas y malos espíritus. La barba se encuentra en el Museo Británico, en Londres.

Disfrutamos de la impresionante puesta de sol en el Sahara con las pirámides y la esfinge de trasfondo y nos sentamos a ver el show de luces y sonido que se ofrece cada noche. Allí se explica la historia de las tres pirámides, datos curiosos, anécdotas... a través de diferentes recursos como el láser, las voces en off o la proyección de la cara de Kefrén en la esfinge para dar la impresión de que habla. La cúpula celestial y los centenares de estrellas se veían aún más bonitas a los pies de las milenarias pirámides, una de las siete maravillas del Mundo Antiguo y las únicas que quedan en pie. Es una lástima que este año no se represente la ópera Aída porque no puedo concebir mejor entorno para ello. En el show de luz y sonido, los egipcios insisten en que, cuando una sociedad tiene un objetivo claro, y lucha por él, lo alcanza, independientemente de lo complicado que sea. Y hace más de 4500 años, levantar estas estructuras piramidales era una obra que cualquiera hubiera considerado imposible, máxime sin contar con grúas, helicópteros, ni camiones. Pero aún así lo consiguieron porque ese era el gran objetivo social. 

La ciudad de los 1000 minaretes

El sábado nos lanzamos a descubrir el viejo Cairo o ciudad islámica, también considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El taxi nos dejó en la puerta de Nasser o Bab El Nasr, por la que cruzamos las antiguas murallas cariotas. Esta puerta amurallada fue construida en 1087 el Visir Al-Jamali, armenio de origen. Al cruzarla, el ambiente cambia por completo: los amplios bulevares de Zamalek o los alrededores de Tahrir se transforman en callejuelas curvadas con tiendas en los bajos y un ajetreo de gente por todo lado. Las panaderías perfuman el barrio con el aroma del pan recién horneado, amortiguando el olor a pescado de las pescaderías. Trozos de carne colgada compiten con las coloridas frutas y verduras así como tiendas de cacharros de todo tipo, desde shishas hasta ollas de bronce de todos los tamaños. Zapateros, costureros, peluqueros, peleteros, vendedores de alfombras. De tanto en tanto pasaba un afilador de cuchillos o un carro lleno de cestas de mimbre arrastrado por un burro. La llamada a la oración desde los minaretes cortaba por un segundo la algarabía, recordándonos que de tanto en tanto es bueno poner el pausa los asuntos mundanos y reflexionar sobre lo trascendental.

Entre tumbos llegamos a las puertas del complejo funerario del sultán mameluco Baybars II, de principios del siglo XIV, que incluye una mezquita, de confesión chíi en este caso, con la tumba del antiguo sultán rodeada de luces de neón verde en su interior.  La mezquita se encontraba en un estado lamentable, con palomas por todo lado. De hecho, al acceder a su patio central, decenas de palomas echaron a volar, huyendo de nosotros, creando un sonido único. En otra de las calles  nos sorprendió un gran edificio y nos metimos a curiosear: se trataba de la Wekalat Bazara, un caravasar donde se alojaron los grandes mercaderes del tabaco. Se construyó en el siglo XI y fue usado hasta el siglo XVII. El amable guardián nos ofreció un mini tour por las diversas estancias donde los mercaderes exponían sus productos, donde recibían a familiares y amigos y donde dormían, así como los retretes y baños. Las mujeres tenían sus propias habitaciones y entrada diferenciada. De hecho, aún persisten las ventas de madera desde las que podían abrir pequeños ventanucos para curiosear lo que pasaba en el patio central sin ser vistas. A través de unas escaleras de madera sueltas que no nos daban mucha confianza subimos a los terrados, sintiéndonos unos Aladdín de la vida, disfrutando de las vistas del viejo Cairo y sus numerosos minaretes (por algo se le llama a la ciudad como la de los 1000 minaretes). A lo lejos, la ciudadela de Saladino presidía la estampa, con sus cúpulas y minaretes, cual palacio del sultán de Agrabah.

Seguimos paseando mientras empezaban a aparecer tiendas de recuerdos kitch: la zona turística, la famosa calle Al Moez, donde realmente se siente que El Cairo fue la capital del mundo islámico en su época de esplendor del siglo XIV. Y de pronto nos topamos con el magnífico complejo del Sultán Al-Nasir Muhammad Ibn Qalawun, sultán de Egipto y Siria. La compra de una entrada permite el acceso a los siete sitios que conforman este complejo, empezando por el magnífico mausoleo del sultán, ricamente decorado, especialmente el bello mihrab y también su cúpula, bajo la cual se celebraron ceremonias de coronación de varios sultanes. A continuación nos dirigimos a la entrada a la antigua madrasa (o escuela islámica) que es un antiguo pórtico robado de una iglesia palestina. Aquí se enseñaban leyes, medicina, matemáticas y teología en sus dos amplias aulas. El patio central de mármol servía para que los estudiantes intercambiaran conocimientos. A su alrededor, además de las dos aulas, se encontraban las habitaciones de aquellos estudiantes que no tenían casa en El Cairo. El bonito mihrab de una de las dos aulas está hecho de madre perla. El siguiente edificio es el hospital, uno de los mejores de su época. Las fuentes de mármol y el resto de decoraciones se realizaron para que aquellos enfermos sin techo pudieran sobrellevar su desgracia de la mejor manera posible. Ropa, alojamiento, comida, medicina y tratamientos eran proveídos de forma gratuita a los más desfavorecidos. 

La mezquita y los baños públicos o hammam completan el complejo. La entrada también da acceso a la habitación superior del sabil (o fuente pública) de Abderhaman Katkuda, un oficial otomano que en el siglo XVIII restauró y construyó varios edificios en el viejo Cairo. Este edificio en concreto se compone de una fuente pública en la fachada, y una antigua escuela primaria en los interiores. La sala superior, además de sus decorados techos de madera, cuenta con una vista estupenda de la animada calle Al Moez. Muchos arquitectos consideran este sabil como un tesoro de la arquitectura otomana.

Finalmente, con la entrada también pudimos visitar el cercano palacio de Beshtak, construído en el siglo XIV por uno de los mamelucos (oficiales) del sultán, casado con una de las princesas. Este palacio constituye el mejor ejemplo de la arquitectura doméstica mameluca. En los exteriores se construyeron espacios para albergar tiendas, y así obtener las rentas de los alquileres. El palacio cuenta con un bonito patio de entrada, diferentes habitaciones, despensas fresquitas, caballerizas y balcones con bellas vistas. Pero sin duda lo más bonito es el salón de las fiestas, de techo de madera con formas geométricas bellísimo. Las ventanas de vitrales coloreados pero sobretodo la imponente fuente de mármol del centro le dan un ambiente majestuoso. Aquí se celebraron fiestas y recepciones, a las que solo podían asistir hombres. Las mujeres lo observaban todo desde lo alto, en balcones de madera con pequeñas ventanitas que podían abrir para curiosear y ver sin ser vistas. Cuando algún miembro de la fiesta estaba soltero, las familias lo indicaban a las mujeres solteras de las habitaciones superiores. Si a estas les gustaba el susodicho, podían lanzar su pañuelo al salón para indicar que daban la luz verde a organizar el matrimonio. 

Continuamos la visita por el famoso bazar de Khan El-Kalili, abarrotado de tiendas, demasiadas con recuerdos kitch en mi opinión. Atravesando estrechos pasajes llegamos al popular Café de Fishawi, que lleva abierto día y noche más de 200 años y donde renombrados escritores y poetas, incluido el Premio Nobel Naguib Mahfuz, han escrito parte de su obra. El café está lleno de grandes espejos, además de una decoración muy variada. Nos sentamos en el exterior para disfrutar de nuestro té a la menta y de una shisha mientras personajes de todo color atravesaban el pasillo callejero entre las mesas: adivinadoras del futuro, músicos tradicionales, prostitutas, niños mendigos, ancianas en silla de ruedas y vendedores de toda clase. Se hacía duro en ocasiones, sin duda el Café ha perdido un poco su carácter bohemio al transformarse en un imán para turistas.

Volvimos a Zamalek a comer, el barrio donde esta el Marriott, al norte de la isla Gezira. Esta es, sin duda, la zona más bonita de El Cairo, con sus amplios bulevares y calles arboladas, los diversos palacetes que albergan las diferentes embajadas y los restaurantes y cafés a la última que ofrecen recetas con ingredientes frescos. Muchos de los restaurantes que ofrecen comida egipcia casera y una decoración chic se encuentran en la avenida 26 de Julio. Elegimos uno de ellos, el Cairo Kitchen, donde empezamos con una tradicional sopa de lentejas y seguimos con mahchi (que son pimientos, berenjenas y calabacines rellenos de arroz cubiertos de salsa de tomate). Como plato principal pedimos koshary casero, tal vez el plato egipcio por excelencia, a base de arroz, lentejas, garbanzos, pasta, salsa de tomate, ajos y cebolla frita. También pedimos un plato de pollo al yogur y fattah (que es el pan egipcio frito y crujiente). Y para beber, la tradicional agua de rosas con menta. No nos lo pudimos acabar todo.

Paseamos por las bonitas calles de Zamalek, disfrutando de la calma y de la arquitectura. Esa noche cenamos en el Left Bank, situado en la punta norte de la isla, con bellas vistas al Nilo, donde disfrutar de comida internacional. Tras la cena tomamos algunas copas en las diferentes terrazas en lo alto de edificios acabando con una copa de fresco vino blanco egipcio en la del Ritz-Carlton, en la Corniche, que ofrece un DJ en directo con música house.

Del antiguo Egipto al Cairo otomano

Es verdad que son muchos los que insisten en que para ver piezas maestras del antiguo Egipto lo mejor es irse al Louvre, al Museo Británico o a Berlín. Sin embargo, el Museo Egipcio de El Cairo sigue siendo el mayor del mundo, tanto por cantidad de piezas como por la importancia de muchas de ellas. El museo se organiza por las diferentes épocas del antiguo Egipto: desde los tinitas hasta los romanos. Se inauguró en 1902 con el actual edificio, de estilo neoclásico.

El museo ofrece un recorrido a través de esculturas, tumbas, relieves, papiros, elementos arquitectónicos y objetos del día a día a través de miles de años de historia. Una de las salas más visitadas, que se paga a parte, es la de las momias de algunos faraones y sus mujeres, que da escalofríos. La sala estrella (y la más vigilada) es la de Tutankhamón, un faraón que apenas reinó unos años pero que actualmente debe su fama al hecho de que su tumba se descubrió intacta a principios de siglo XX. Su máscara funeraria principal así como dos de sus sarcófagos están expuestos aquí, relucientes, así como muchas de sus joyas, que deslumbran. Las medidas de seguridad en la sala se redoblan, ya que estamos hablando de objetos de oro y piedras preciosas. En cualquier caso, los admiradores del antiguo Egipto nos tiraremos horas en el museo: hay muchísimo que ver, y cosas muy curiosas, incluidas las momias de la época romana con la cara representada en mosaicos o los objetos del reinado de Akenatón, faraón que inauguró una religión monoteísta del sol, culto que duró poco, y casado con la famosa Nefertiti. Muchos de los objetos encontrados en el interior de las grandes pirámides de Giza están aquí también, incluyendo bellas camas a usar por los faraones cuando resucitaran.

Para almorzar volvimos al Zooba, donde tomamos el desayuno nuestro primer día, ya que también sirven comidas. Además del koshary casero de rigor, pedimos el delicioso hígado de pollo, otra receta egipcia buenísima. Y de postre, qombela: un pudin de arroz, queso dulce konafa y basbousa (un dulce de sémola en almíbar) con pistachos.

Nuestra última visita antes del aeropuerto fue a la Ciudadela de Saladino o Salah Ad-Din, sultán de Egipto y Siria durante el siglo XII. Construida para defenderse de posibles ataques cruzados, la fortaleza domina las vistas de la ciudad. De hecho, desde sus terrazas se tienen unas vistas estupendas, incluso se pueden ver a lo lejos las pirámides de Giza. Entre sus gruesas murallas están los museos militar y de la policía respectivamente, pero la pieza maestra es la gran mezquita de Mohammed Ali, construida en lo más alto de la ciudadela en el siglo XIX por los otomanos. El alabastro de los interiores y del magnífico patio junto con el tipo de decoración me trasladó a Estambul y sus grandes mezquitas. Pero lo mejor fue despedirse del Cairo desde las terrazas de la ciudadela, escuchando el bullicio, a lo lejos, de la actual capital de la República árabe de Egipto, que por cierto, tiene uno de los peores tráficos que he visto en mi vida: los egipcios conducen fatal.

Sin duda que volveré a El Cairo. Me dejé por hacer numerosas excursiones: desde Menfis y sus mastabas hasta Alexandria o una visita al desierto de las ballenas. Y por supuesto, mi sueño de hacer el crucero del Nilo para descubrir los templos de Abu Simbel o Luxor. 

dissabte, 1 d’abril de 2017

Hakone & Kamakura

Si uno vive en Tokyo, hay dos escapadas que pueden hacerse perfectamente en un sólo día: una os llevará a bosques, lagos y un volcán espectaculares, todo bajo la atenta mirada del monte Fuji. La otra excursión os trasladará a la era en la que Japón era gobernado por los samuráis.



Hakone y sus medios de transporte

Hakone es una de las excursiones más populares desde Tokyo. Se trata de una región montañosa, llena de bosques alrededor del lago Ashi. Sus onsen, volcanes y teleféricos atraen a masas de turistas sobretodo los fines de semana y festivos con buen tiempo. Las bellas vistas del monte Fuji que se aprecian desde distintos puntos de la región son otro de sus alicientes. El único problema es que fui el fin de semana (por temas de trabajo no tenía opción) y está bastante masificado, uno se siente casi en un rebaño.

La manera más rápida de llegar es con el tren bala hasta Odawara y ahí tomar el tren hasta Hakone Yumoto. No olvidéis comprar en Odawara un pase de día para poder subiros en los diferentes medios de transporte que hay en Hakone. En Hakone Yumoto hacéis intercambio y tomáis el tren hasta Gora. La ruta es muy bonita, a través de una escarpada ladera, atravesando bosques, minúsculos túneles y riachuelos, con dos cambios de dirección del tren. Es en Gora donde recomiendo empezar la ruta, sobretodo si cuando llegáis se acerca la hora de almorzar. Ahí se encuentra Itho Dining by Nobu, uno de los restaurantes del mediático chef, de ambiente íntimo. Cerca también está el Museo al Aire Libre de Hakone, con estatuas de Rodin, Miró y un pabellón dedicado a Picasso con más de 300 de sus obras.

De Gora se toma el funicular hasta Souzan, que sube poquito a poco a través de vías muy estrechas, y de ahí, el teleférico que os llevará a lo alto de Owakudani atravesando unas áreas con altos niveles de azufre. Sin duda es la parte más emocionante del viaje. A través de la cabina observaréis el panorama desolado de una montaña que explotó a causa de la actividad volcánica y de donde aún salen continuos chorros de azufre que, en ocasiones, pueden representar un peligro para la salud de determinados grupos de personas. Por eso, antes de subir al teleférico, se reparten unas toallitas húmedas especiales para ponerse en la nariz en caso de problemas respiratorios. El paisaje era infernal, casi como Mordor, desértico, con chorros de humo saliendo de todo lado y pequeños charcos de aguas amarillentas o de un azul turquesa muy artificial.

El teleférico llegó a la cima. Fuera del moderno refugio, el viento era terriblemente fuerte y frío. Aún así, me asomé para ver el panorama y el Monte Fuji desde allí. Una larga cola esperaba para comprar su bolsita de huevos hervidos en azufre, con la cáscara totalmente negra, que se preparan en cestas de hierro en los diferentes lagos del volcán. Tras la ventolera, se toma otro teleférico, este ya a través de apacibles bosques hasta descender al borde del lago Ashi en el embarcadero de Togendai-ko.

Allí tomé un enorme barco tipo pirata, que parecía sacado de un parque de atracciones. Mi humilde opinió es que la experiencia sería más chula si el barco fuera de estilo japonés. Las vistas eran preciosas. El lago Ashi, encajado entre montañas, es inolvidable. Como ya había visto a lo lejos la puerta toori, y las nubes tapaban el monte Fuji, tomé el bus de vuelta a Hakone Yumoto desde allí. Si no hubiera tenido compromisos de trabajo me hubiera gustado quedarme una noche en algún ryokan y disfrutar en paz de sus onsen, famosos en todo Japón. Desde luego que tendré que volver a Hakone y descubrir sus otras rutas, templos y museos con más calma.

Kamakura, capital de los samuráis

La manera más rápida de llegar a Kamkura es en la línea Yokosuka de JR. Y las razones para hacerlo son varias: a finales del siglo XII, Minamoto Yorimoto, el primer shogún, eligió esta población costera como capital del Japón gobernado por los samuráis. Es por eso que aún hoy en día existen 65 templos budistas y 19 santuarios sintoístas. El más famoso es el Kotoku-in, donde se encuentra el conocido Gran Buda de bronce (el Daibutsu). Se realizó en 1292 y pesa 93 toneladas. El Gran Buda estaba alojado originalmente en un templo de madera que fue destruido por un tsunami en 1495. Desde entonces, la gran estatua ha permanecido a la intemperie. Su enorme tamaño sigue impresionando y de hecho se puede entrar a su interior por la parte de detrás, para entender mejor como se ensambló la gran estructura. Nosotros lo hicimos en agosto y casi nos da algo. Ya de por si el calor estival el Tokyo y alrededores es sofocante pero si encima te metes en una caja de bronce a la que lleva horas dándole el sol, imaginaos. Solo por el impresionante Buda vale la pena venir a Kamakura.

Otro templo muy bonito es el de Hase-dera, que cuenta con decenas de imágenes en piedra de Jizo, el protector de los niños. En este templo se encuentra también una de las estatuas de madera más grandes del país: el Juichimen Kannon, del siglo VIII, una diosa de la compasión coronada con 10 pequeñas cabezas, cada una mirando hacia un lado, con el fin de mirar a todo aquel que necesite de su compasión. En este templo también hay una capilla para Inari, o deidad de la fertilidad y el éxito, a la que se llega tras un camino de varias pequeñas puertas toori rojo bermellón, jalonadas de estatuas de kitsune, o zorros blancos puros, sus mensajeros. Todas las estatuas de los kitsune llevan baberitos rojos, que son puestos por los fieles devotos de Inari.

Recorred también la animada calle principal (peatonal) de Kamakura, llena de tiendas y restaurantes para todos los gustos. La gastronomía de Japón es tan variada que nunca repetiréis. Además, cerca hay un bonito bambusal, mucho más íntimo que el masificado de Kyoto, que alberga un pequeño cementerio histórico. Como era pleno verano, parejas de jóvenes japoneses se paseaban en los kimonos tradicionales del verano, frescos y ligeros, llevando los zuecos de madera tradicionales, mientras se hacian fotos con sus sombrillas ellas y sus bolsas tradicionales ellos.