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dimecres, 23 d’agost de 2017

Bodrum & Éfeso

Mis vacaciones de verano de 2017 empezaron en el magnífico pueblo de Bodrum, que en los últimos años se ha convertido en el destino de playa más chic de Turquía, atrayendo a turistas de todo el mundo, especialmente del mundo árabe. La noche que llegamos fuimos a pasear por la modera marina de Turgutreis, con decenas de estupendos restaurantes, cafeterías, boutiques, y los yates amarrados frente a una isla donde aún está en pie una pequeña fortaleza de la época de los Cruzados.

Comenzamos el día siguiente en un estupendo lugar de desayunos frente al mar, donde nos sirvieron dos tablas con el tradicional desayuno turco a base de diferentes quesos, huevo pochado, mermeladas caseras, olivas y el omnipresente té. La belleza de la costa rocosa de la región es incomparable. 

Con uno de los mini buses que recorren con gran frecuencia la carretera principal nos acercamos hasta el núcleo urbano de Bodrum, a través de la calle Cevat Sakir, arteria principal plagada de tiendas de souvenirs, de imitaciones de bolsos de marca y de cambio de divisa. Al final de la misma se encuentra el imponente Castillo de San Pedro, construido por los Cruzados como una pieza más en la defensa de la ruta de los peregrinos cristianos a Jerusalén. Sin duda es un must del lugar, vale la pena dedicar unos horas a descubrirlo, tanto por su arquitectura y estructura, así como por las vistas del agua turquesa que se disfrutan desde sus almenas. Pero es que, además, en su interior, alberga uno de los mejores museos de arqueología submarina del mundo. Los tesoros recogidos en los alrededores de Bodrum, fruto de diversos naufragios a través de los siglos, han permitido conformar un museo que muestra el comercio marino el tiempos egipcios, fenicios, griegos, romanos y en la era del Islam, incluyendo objetos originales así como reconstrucciones de diversas embarcaciones. Pasearse por el castillo, mientras se cambia de sala del museo, es una maravilla, con un fuerte olor a pino impregnándolo todo. El gobierno turco ha sabido preservar la abundante iconografía cristiana presente en la fortaleza. Además, durante la época de Attaturk, se desacralizaron las mezquitas del interior del castillo que ahora son salas de exposición del museo.

Tras la mañana cultural nos perdimos por las callejuelas del centro, que por cierto son reconstrucciones que imitan un viejo pueblo mediterráneo, ya que muchas de las construcciones originales se han perdido en terremotos. Bodrum fue la antigua Halicarnaso, donde nació Heródoto y donde se encontraba la gran tumba del sátrapa persa Mausolo. El mausoleo fue destruido por los Caballeros de San Juan para construir el actual castillo de San Pedro. La ciudad fue conquistada en 1522 por Suleimán el Magnífico y pasó a formar parte del Imperio Otomano. En una de aquellas callejas nos metimos en un restaurante a comer un gran pescado asado buenísimo precedido por unas cuantas mezze. Después nos bañamos en la playa del centro antes de volver a nuestra piscina. Esa noche cenamos en un agradable restaurante de pescado y mariscos a orillas del mar, decorado de una manera muy hippy que me recordó a Ibiza. Las rocas y barcas en el mar alrededor de las mesas daban un toque muy relajante al entorno.

El segundo día fuimos a otra de las playas del municipio, Camel Beach donde hay una consumición mínima para entrar y sirven comida y bebidas en las tumbonas, y de tanto en tanto pasan vendedores ambulantes con comidas típicas turcas, como las deliciosas midye dolma, las conchas de almejas rellenas de un arroz con los mejillones, piñones y especias. La playa también es popular por la variedad de actividades acuáticas ofrecidas como las motos de agua (fue la primera vez que las probé y divertidas pero girar es difícil al principio). También dimos un paseo en una lancha rápida y finalmente hicimos una actividad muy divertida a la que llaman  "la cama", donde te sientas en una gran colchoneta hinchable mientras una lancha rápida te arrastra y sacude de lado a lado. Otra lancha con un par de fotógrafos nos persiguió durante las diferentes actividades, tomando buenas fotos que luego nos vendieron.

Una excursión interesante desde Bodrum es hacia Éfeso. Esta antigua gran urbe de los tiempos de Grecia y Roma, capital de la desaparecida provincia romana de Asia Menor, alberga aún los impresionantes restos de su núcleo urbano, incluyendo calles empedradas, fuentes, arcos del triunfo, templos y un impresionante teatro construido en la ladera de una alta montaña.

Normalmente se organizan autobuses desde la estación central de Bodrum que hacen un recorrido por los diferentes sitios. Sin embargo, como yo tenía un vuelo esa tarde de vuelta a Estambul, tuve que buscarme la vida para poder visitarlo. En un principio intenté alquilar un taxi para unas horas, pero uno de los amables empleados de una compañía de bus se ofreció a llevarme en su coche particular por la mitad de lo que pedían los taxis. Así que me aventuré a conocer Éfeso y su patrimonio a contrarreloj, por cierto considerado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En el bello camino de ida pasamos por las ruinas de la antigua ciudad griega de Mileto, de donde surgió toda una importante corriente filosófica, encabezada por el famoso Tales de Mileto. La costa mediterránea turca fue parte de la civilización griega durante siglos y luego estuvo ligada a ella a través del Imperio Bizantino primero y del Imperio Otomano después.

Una excursión a Éfeso que se precie, y más si se es cristiano, no puede dejar de lado la Casa donde la Virgen se escondió sus últimos años de vida y desde la cual la tradición afirma que subió a los cielos. La humilde construcción situada en mitad de una montaña despoblada está ahora fuertemente custodiada por la policía y el ejército turco, que garantizan así el derecho de los cristianos a rendir culto a la Madre de Dios. Además de la casa, el actual complejo cuenta con un enorme parking, además de un café, una capilla exterior y varias tiendas de souvenirs religiosos, así como de una gran fuente de agua de las montañas a la que se le atribuyen propiedades milagrosas. El interior de la casa es ahora una pequeña capilla con un retablo y una estatua de la Virgen donde poder recogerse en silenciosa oración y poder poner una vela en el exterior.

Tras tal experiencia religiosa nos dirigimos a las ruinas de la antigua Efeso, ciudad que se articulaba alrededor de una gran calle principal, empedrada y empinada, flanqueada de columnas y en torno a la cual se situaban algunos de los principales edificios de la antigua urbe. Algunas de las fachadas se mantienen en un estado envidiable, con espectaculares relieves, fruto de excelentes restauraciones. En una de las plazas principales aún se mantienen mensajes grabados en latín, como uno en el que los magistrados de la ciudad se quejan al emperador de la falta de fondos para reconstruir las murallas.


Sin duda, la estrella de la ciudad es la reconstruida fachada de la biblioteca de Celsius, una imponente construcción de columnas única en los restos que quedan del mundo romano, y que es otro botón de muestra de la sofisticación que Éfeso alcanzó en otros tiempos). Finalmente, tras recorrer largas calles empedradas, llegué al gigantesco teatro de la ciudad, construido en la ladera de una montaña y que llega hasta la base de la misma, siendo uno de los teatros romanos más impresionantes que he visto nunca. Una de las grandes obras de las que apenas queda nada es el antiguo templo de Artemisa (Diana para los romanos) que en su época se consideró como una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

Bodrum es un gran destino vacacional, con restaurantes de primera categoría, la "biutiful pipol" de Estambul y Ankara pasando el verano aquí y un gran numero de monumentos y museos de interés histórico y cultural mundial. Cuando vuelva me gustaría aprovechar para hacer una excursión a Pamukkale, un gigantesco complejo de piscinas naturales con un brillante color blanco fruto de los minerales y aguas termales de la zona. También me quedó por visitar en barco la isla que Marco Antonio le regaló a Cleopatra cuando la pareja le disputaba el liderazgo del Imperio romano a Octavio.

dimecres, 19 de juliol de 2017

Annecy

Annecy es una apacible ciudad de provincias francesa en mitad de los Alpes, a los bordes de un lago cristalino, muy concurrida por familias de todo el mundo, jubilados o jóvenes amantes de la montaña. Llegué a través del aeropuerto de Ginebra, ya que frecuentes buses lo conectan con la ciudad en algo más de una hora.

La ciudad nunca fue capital de nada, y eso se nota en su pequeño tamaño y en la escasa monumentalidad de sus edificios. Aún así, guarda un gran encanto. Annecy es una ciudad de Saboya, que fue la última región que se incorporó a la república francesa en 1860, cuando Napoleón III la obtuvo como recompensa por la ayuda a los nacionalistas italianos a expulsar a los austriacos de los que iba a nacer como el reino de Italia.

Lo mejor para entender Annecy es dirigirse a la estupenda oficina de turismo que hay en Bonlieu, un moderno edificio de cemento y cristal construido en los años 80. Allí ofrecen información de todo tipo y vende tiquetes para diferentes actividades y espectáculos.  Recomiendo hacer la visita guiada a la ciudad que incluye entradas al Palais de l´Ile y al castillo todo por 6,50. Mi amable guía era originalmente de la ciudad por lo que la conocía de arriba a abajo. Empezamos la visita por el Paquier, que es una gran extensión de hierba frente al lago donde los actuales ciudadanos se relajan pero donde antes pastaban las vacas y colgaban a los reos.

Caminamos por el apacible muelle de Eustache pasando por el imponente ayuntamiento para meternos en la plaza de San Mauricio y continuar hasta la de San Francisco de Sales, donde se encuentra la iglesia homónima, también llamada de los italianos, donde aún se da misa en italiano cada semana. San Francisco de Sales es sin duda la personalidad más importante de la ciudad, ya que vivió largo tiempo aquí como obispo de Ginebra, justo cuando el calvinismo tomó la ciudad suiza. De hecho, Annecy fue una de las puntas de lanza de la primera Contrarreforma.

La visita seguía por el canal central al Palais de l´Ile, uno de los grandes símbolos de Annecy que fue su cárcel principal tanto durante la antigüedad hasta fechas tan recientes como la ocupación nazi y el régimen de Vichy. En mitad de lo que parece el gran canal central de la ciudad (que en realidad es un río natura, el Thiou) en una isla fortificada, la construcciónestá casi lista tras su restauración para ser reabierta por lo que no pude visitarla por dentro. Seguimos paseando por las callejuelas, muchas a los bordes de diferentes canales y con flores de todos los colores que decoraban rejas y balcones hasta llegar a una de las antiguas entradas de la ciudad, que estaba amurallada en el origen. La puerta de Santa Clara conserva un gran encanto, sobretodo por los relojes en ambos lados. Tomamos las estrechas y empinadas callejuelas que llevan hasta el castillo de Annecy, una estructura de defensa militar donde vivieron en origen los condes de Ginebra pero que luego fue residencia de miembros  secundarios de la casa real de Saboya. A pesar de su sobriedad el castillo guarda una gran belleza serena y dispone de unas vistas maravillosas del lago desde su parque. Dentro hay diversas salas de exposiciones de las que pude disfrutar, que también permiten visitar la antigua estructura del castillo. La exposición permanente muestra acuarios de la fauna y flora del lago, así como dioramas, cuadros y maquetas que explican la estructura geográfica, geológica y sociocultural del lago de Annecy.

En el resto del castillo, las salas, habitaciones y salones estaban ocupadas por una exposición dedicada al mundo del cine de animación de China. En Annecy cada año se celebra el Festival de Cine de Animación y este año China era el país invitado. La exposición contaba con performances, bocetos, maquetas de personajes, películas animadas, esculturas y cuadros de los mejores animadores chinos de todas las épocas. Una pasada de exposición.

Bajamos del castillo de nuevo hacia la calle mayor de la ciudad antigua, la de Santa Clara, donde entre todas las casas de estilo medieval destaca una mansión renacentista, construida a lo largo (y no a lo alto) siguiendo la moda italiana con grandes ventanales, en la que actualmente se encuentra una tienda de los caros muebles Roche Bobois. En esta lujosa mansión de un antiguo comerciante se alojaron las grandes personalidades de la ciudad, donde además fundaron un círculo de amigos de las artes y las ciencias, como el propio San Francisco de Sales.

La visita guiada acabó de vuelta a la modesta iglesia de San Mauricio. Esta modesta iglesia dominica fue financiada en origen por un importante cardenal que sin embargo murió sin acabarla. Los techos los pagó otro gran comerciante mientras que las capillas fueron sufragadas por algunos de los antiguos gremios de la ciudad, donde aprovechaban para reunirse. El elemento más destacable del templo es el fresco que marca el lugar donde fue enterrado Philibert de Monthoux, consejero de los Duques de Saboya y Borgoña. La tumba, en vez de ser esculpida, está realizada en un fresco, lo cual la dota de originalidad, y cuenta con una técnica de trampantojo que le otorga sensación de profundidad. Siguiendo las corrientes del siglo XV, marcado por la peste, la pintura presenta a la muerte sin disfraz, con el objetivo de recordar que ricos y pobres acabarán igual. La iglesia, como todas las de Annecy, está atravesada por un pequeño canal de agua subterráneo que permitía a los religiosos contar con agua corriente y poder pescar peces para las comidas. Esta iglesia originariamente formaba parte de un gran convento dominico que se instaló en la ciudad para alzar los ánimos de una población extremadamente pesimista tras la brutal crisis de la peste. Actualmente el espacio que ocupaba el antiguo convento es el elegante barrio art decó de los años 30, donde se encuentra la famosa confitería "Les Roseaux du Lac" donde venden los caros pero deliciosos "roseaux" unas barritas de chocolate de gran calidad rellenas de licores y café muy típicas de Annecy. Justo enfrente está la boulangerie "Rouge" donde comprar algunos de los bollos más tradicionales de la ciudad, y que me encantaron, como el "gateau de Savoie", que es un bizcocho muy suave o el brioche praliné, con un praliné casero y coloreado en rojo que se mete en la masa del brioche y se hornea a la vez. Los colores rojo y blanco recuerdan a los de la bandera de Saboya y el sabor de la masa me recordó al de la mona de Pascua valenciana.

Los martes por la mañana se instala un gran mercado en el centro de la ciudad, empezando por la plaza Santa Clara, donde bajan numerosos granjeros y campesinos de las montañas aledañas para vender desde huevos orgánicos a los quesos más tradicionales, carnes y fiambres de gran calidad, peces pescados en el lago, verduras y frutas de la región y especialidades como pasteles y panes. Respecto a los quesos, los dos locales son el "Tome des Bauges" y el famoso Reblonchon, ambos hechos con la leche de las vacas que pastan en las montañas locales y de los que me hinché durante mi corta estancia. La amabilidad de vendedores y compradores mezclada con los colores y deliciosos olores hicieron de mi compra del martes una experiencia inigualable.

Aquel día comí en Le Ramoneur Savoyard, un restaurante que lleva regentado por la familia Chevallay desde 1923 con una carta que ofrece varias especialidades de la región. Opté por el primer menú, el de la ciudad, donde elegí la rica ensalada savoyarde a como entrante. Como plato principal elegí los diots al vino tinto que son como unas longanizas caseras que están buenas pero tienen un sabor fuerte, quizá me hubiera gustado algo más vegetariano. La polenta con queso derretido que lo acompañaba estaba muy bien y recuerda la fuerte influencia italiana que aún tiene la Saboya. Finalmente, de postre pedí una tarta de melocotones locales. Acabé lleno y aunque el precio es algo elevado las raciones son generosas.

El último día en Annecy lo dediqué a conocer su bello lago. Opté por la Compagnie des bateaux du Lac d´Annecy, que ofrece un barco que hace el tour del lago parando en ciertos pueblecitos costeros y que permite bajarse y volver a subir una sola vez. El barco se toma en el muelle de Napoleón III y durante la travesía el conductor iba explicando los paisajes, la historia del lugar o las diversas formaciones geológicas que aparecían. Hice mi parada en Talloires, una bonita aldea de aires alpinos desde la cual parte un autobús gratuito al Col de la Forclaz, un mirador de montaña desde el que algunos se lanzan en parapente y otros como yo disfrutamos de la espectacular panorámica del lago. Recomiendo ir temprano y mirar bien los horarios ya que las frecuencias del autobús son malas y corréis el riesgo de quedaros tirados.

Tras las vistas volví a bajar y tomé el siguiente barco para disfrutar de los bellos paisajes lacustres, con sus aguas turquesa y los frondosos bosques de alrededor, así como el elegante chateau de Duignt, en una pequeña península, una mansión privada que domina la entrada a la parte menor del lago con gran elegancia. Deportistas practicaban por todo el lago desde wind-surf a kayak pasando por todos los deportes acuáticos. Decenas de parapentistas cubrían los cielos con sus alas de todos los colores.

Lo mejor de Annecy es su tranquilidad y paz, el escaso ruido de coches y que desde cada calle se ven las inmensas montañas que rodean la ciudad. Como dijo Paul Cézanne, Annecy es un excelente vestigio de los tiempos pasados. Pero a la vez, la ciudad está muy bien conectada por su estación con tren de alta velocidad y con un centro comercial en el mismo centro, la ciudad cuenta con todo lo que uno pueda necesitar pero sin el estrés de una gran ciudad. Me dejo por visitar el Imperial Casino, donde suelen reunirse los grupos locales del Front Nacional, así como la catedral de San Pedro por dentro, que me la dejo para una mejor ocasión.

dimecres, 21 de juny de 2017

Kuwait

Kuwait no es un destino turístico al uso. Desde luego, no lo es si buscamos ocio o cultura. Kuwait es uno de los pocos países del mundo sin ningún patrimonio declarado de la humanidad por la UNESCO. Además, no tiene ningún gran monumento de interés, más allá de las torres de Kuwait. Es por eso que el país está fuera de los grandes circuitos turísticos. La gente viene aquí por negocios o a trabajar.

Uno de los grandes símbolos del país son sus grupos de nueve torres de agua "tipo seta" pintadas a rayas blancas y azules que se encuentran por distintos lugares de Kuwait. La empresa sueca encargada de este sistema de distribución quiso hacer otro grupo en este promontorio del golfo pérsico. Sin embargo, el Emir de Kuwait de aquel entonces, el Jeque Yaber Al-Ahmad, decidio que el diseño fuera diferente, icónico, y por eso encargó al arquitecto danés Malene Bjorn presentar algo nuevo. El proyecto ganador de las actuales torres se compone de tres estructuras. La torre principal tiene dos esferas: la grande es mitad depósito de agua y la otra mitad un restaurante. La esfera superior cuenta con una cafetería y mirador. La segunda torre solo tiene una esfera que está completamente dedicada a almacenar agua. La tercera torre, sin ninguna esfera, sostiene los elementos que iluminan las otras dos torres. Las torres mezclan las formas de la esfera terrestre y el cohete, símbolos de la humanidad y el progreso. Además, las esferas están decoradas con colores y motivos que recuerdan a los azulejos de una mezquita. Las vistas desde arriba son impresionantes y vale la pena acercarse las noches que hacen proyecciones sobre ellas. Debajo de las torres se encuentra el conocido Fish Market, un restaurante con peceras por todo lado donde elegir, en sus neveras abiertas con mucho hielo, diferentes tipos de marisco, desde langostas de Maine a calamares de Mediterráneo, cangrejos, gambones del Índico... así como una gran variedad de pescados, donde destacan un gran surtido de especies pescadas en aguas kuwaitís. Uno va seleccionando productos y cantidades y luego se escoge como queréis que os lo preparen, con qué tipos de salsa... puede ser hervido, al vapor, a la plancha, a la parrilla, frito, empanado, al horno... un lugar estupendo para los amantes de la comida del mar.

Y hablando de comida he de decir que si Kuwait tiene un atractivo turístico ese es su panorama gastronómico. El país cuenta con una de las mejores calidades en restaurantes del mundo: la comida es fresca, deliciosa y muy bien presentada. La innovación es constante debido no solo a la exigencia de los kuwaitís, acostumbrados a lo mejor de lo mejor, sino también al hecho de que no se puede servir vino, con lo que la comida, que se convierte en el centro de cualquier salida nocturna, tiene que ser excelente para mantener al cliente satisfecho. Y lo mismo ocurre con el café y los dulces: en Kuwait alcanzan la excelencia. Los vegetarianos y veganos no tendréis mucho problema ya que casi todos los restaurantes incluyen opciones en sus menús. Aún así, no os podéis perder OVO, un estupendo restaurante flexitariano donde cualquier grupo se sentirá cómodo. Los amantes de la comida japonesa no podéis obviar Yuba, en la Crystal Tower, que ofrece un amplio menú de platos japoneses de alta calidad así como algunos fusión japonés-kuwaití únicos en el mundo y deliciosos. Otro de los locales de moda en el país es Street Almakan by Zubabar, un local a la última (uno no sabe si está en el Soho neoyorquino o en Berlín) donde se sirve una fusión de comida callejera de Corea con los sabores de Kuwait. Lo mejor de la carta, de lejos, es el curry verde, cero picante y cremoso, con una carne de res de gran calidad. También hay baos muy ricos. Al acabar la cena, pasaos por la pequeña galería de arte contemporáneo anexa. En cualquier caso, la escena gastronómica de Kuwait cambia bastante rápido por lo que lo mejor será preguntar a los kuwaitís o estar atento a las redes sociales: los locales pop-up (que abren solo unos pocos días y luego desaparecen) son bastante frecuentes entre los emprendedores foodies.

Para probar la gastronomía propiamente kuwaití lo mejor es ser invitado a una casa. Pero si no se tiene esa oportunidad, el mejor restaurante de comida nacional es Dar Hamad, en la carretera del golfo árabe. El lugar es un paraíso para lo amantes del diseño. Su increíble decoración abruma, cada detalle está medido y, en general, el conjunto rezuma lujo y buen gusto.  El chef, kuwaití, ofrece un menú con una mezcla de entrantes libaneses, indios y kuwaitís, donde destaca la dolma al estilo de Kuwait, mucho más grande que la turca y dulce. La ensalada Dar Hamad es también deliciosa. Respecto a los platos principales no puede fallar el arroz machbous, una receta nacional a base de arroz basmati que suele venir con cordero y pichón asados, frutos secos, pasas y ciruelas. También hay variedad de platos con pescados locales. Y los postres son estupendos: desde el pudin de dátiles con caramelo al exquisito Umm Ali pasando por los tradicionales dulces kuwaitís que se sirven con el té.

Pero volviendo a los edificios turísticos, mi favorito es el rascacielos más alto del país: la llamada Torre Al Hamra. Este precioso edificio es además uno de los pocos rascacielos en el mundo que tiene cada uno de sus lados diferente. El arquitecto quiso adaptarlo al clima de Kuwait y al movimiento del sol para maximizar el gasto de energía y protegerlo de las constantes tormentas de arena que llegan desde el sudoeste, lado que da al desierto. De ahí su curiosa forma que parece como si una lámina de cristales envolviera la torre cual papel de plata. Su interior es también sorprendente. Las magníficas vistas del futurista lobby del piso 32 son un must. La propia entrada a la torre tiene un aire calatravesco y una modernidad impactantes. Su centro comercial es así mismo una pasada, con algunas tiendas de lujo 100% kuwaitís como TFK (The Fragance Kitchen) que vende los perfumes creados por Sheikh Majed Al Sabah, sobrino del actual Emir de Kuwait, siendo mi favorito "War of the Roses", una combinación única de oud y rosas que no deja indiferente.

Más allá del Kuwait contemporáneo, uno no puede perderse el zoco, que aunque no es tan antiguo como el de otros países musulmanes, conserva un encanto vintage único. El zoco Mubarakiya era el antiguo centro del país antes del descubrimiento del petróleo. Con más de 200 años, fue restaurado recientemente incluyendo sus techos de madera. Sus calles peatonales están abarrotadas de tiendas que ofrecen de todo, desde alfombras persas hasta antigüedades árabes auténticas, perfumes tradicionales a base de musgo y oud así como trajes típicos. Es perfecto para perderse, comprar algo, comer y aprender de la cultura kuwaití. Las tiendas de dátiles ofrecen variados surtidos de diferentes tipos de esta fruta mientras que las tiendas de especias suelen ser regentadas por persas. Hay una zona de pescados y otra de carnes. Tampoco podéis perder las tiendas de dulces: pasaos por la dulcería Al-Shamali, con sus vistosas cajas de latón verdes y amarillas, donde venden unos dulces muy tradicionales de Kuwait, especialmente unos barquillos con cardamomo perfectos para mojar en café árabe. Por supuesto, las típicas tiendas de oro y plata abundan. Buscad también la primera farmacia islámica de Kuwait, es muy bonita de ver con todos sus remedios tradicionales ofrecidos en sus estanterías. Finalmente dedicad un rato al centro del zoco, que es un pequeño patio con bancos de madera llenos de almohadones mugrientos donde jubilados se sientan a tomar el tradicional café árabe hervido en carbón y fumar shisha mientras dialogan de temas de política o economía y leen los periódicos locales.

Los que no podáis salir fuera del potente aire acondicionado del que gustan aquí, disfrutareis de la variedad de centros comerciales con cientos de productos libres de cualquier impuesto aunque aún así más caros que en Occidente... excepto si hay alguna rebaja o promoción donde, entonces sí, es más barato. De entre todos los "mall" el que no os podéis perder es Avenues, uno de los más grandes del mundo, con partes totalmente diferentes: desde la zona que imita una pequeña ciudad europea hasta la que recrea un antiguo zoco árabe o la gigantesca cúpula negra y dorada donde se encuentran las tiendas de lujo. Además de los centros comerciales, el Centro Científico también es un lugar donde pasar unas horas entretenidas. Aquí se muestran una variedad de animales del desierto kuwaití: desde ratas a serpientes pasando por chacalitos, murciélagos o pequeños erizos, algunos de los cuales están domesticados y se pueden tocar. Me dieron un poco de pena los halcones porque sentí que no tenían suficiente espacio en sus jaulas acristaladas. A continuación empieza el acuario, muy completo, donde ver diferentes peceras que acogen animales marinos de todo el mundo: desde pingüinos extremadamente amigables hasta anacondas, pasando por medusas, caballitos de mar, diferentes tipos de cefalópodos y por supuesto las peceras representando los arrecifes de coral. Pero el acuario más impresionante de todos es el gigantesco que acoge tres tiburones blancos (entre otros grandes peces) que es uno de los depredadores más agresivos del reino animal. En el exterior del Centro Científico hay un puerto que acoge barcos tradicionales del país que datan del siglo XIX, cuando la economía del país se basaba puramente en el comercio marítimo entre el mundo árabe, el persa, la India y la costa este africana.

Kuwait cambia por completo durante el Ramadán. Los restaurantes cierran durante el día y solo abren con la caída del sol para ofrecer el fotor, o ruptura del ayuno, cuando las familias kuwaitís se juntan en casas o restaurantes para realizar juntos la primera comida del día, muy copiosa, que empieza siempre con dátiles y laban, un yogur líquido salado. Tras esta primera comida, es tradición que hombres y mujeres se separen para pasar un buen rato charlando en salones de casas o en cafés. Posteriormente, a eso de las 23h empieza el sohor, una segunda comida, menos copiosa, que suele ser con amigos o en restaurantes, más que con la familia. Tras el sohor, los kuwaitís suelen irse de nuevo a cafés o a casas de amigos para continuar la charla que acabará a altas horas de la noche. Y así, todos los días de Ramadán. Las tiendas también ofrecen un horario extraordinario de apertura todo el mes: de 8pm a 2am, ya que son muchos los que optan por pasearse por los centros comerciales y comprar algo. Desde luego, un Ramadán muy diferente en muchas cosas pero también muy parecido al que viví en Argelia.

Finalmente cabe mencionar una excursión muy popular entre expatriados, que cargados de alcohol, aperitivos y refrescos, suelen alquilar barcos para irse a pasar el día a una de las islas del país, siendo especialmente popular Kubbar, una isla redonda rodeada de corales y playas arenosas más o menos bonitas. En la mitad hay una antena de comunicaciones y faro así como las tumbas de seis soldados kuwaitís que murieron allí defendiendo la isla de la invasión de Iraq. Fue curioso verla y disfrutar del ambiente de la playa, así como de la espectacular puesta de sol (con barco militar de fondo) aunque no creo que volviera, ya que las molestas moscas (muerden) y las galletas de chapapote que aparecen de tanto en tanto en las orillas hacen muy incómoda la experiencia. No olvidéis llevar sombrilla porque no hay un solo árbol en la isla.

Por último, daos una vuelta por el recién inaugurado parque Al Shaheed, una auténtica joya del paisajismo urbano. Sus diferentes parques botánicos, zonas a diferentes alturas, colinas, el memorial a las víctimas de la invasión iraquí, los anfiteatros, las ultramodernas fuentes y láminas de agua con juegos de luces... pasear de noche por el inmenso parque es una gozada. Su moderna y acristalada mezquita es también muy curiosa. Esculturas de arte moderno salpican las diferentes zonas del moderno jardín. Por último, no olvidéis al zona de las miniaturas: los edificios más famosos del país están aquí a escala así como una maqueta del viejo Kuwait en tres dimensiones.

Kuwait no es un país al que uno vaya por motivos turísticos. Pero a diferencia de Qatar o Emiratos, donde sus habitantes están acostumbrados a recibir a millones de turistas extranjeros, los kuwaitís, al igual que los saudíes, son mucho más amigables y abiertos al visitante extranjero occidental, por ser una rareza en sus tierras, por lo que si estáis aquí de forma temporal, no os costará hacer amigos que os enseñen los tesoros ocultos del país de los Al-Sabah.

dissabte, 10 de juny de 2017

Dubai

Esta es la segunda vez que voy a Dubai. Y de nuevo, por un tiempo muy corto, algo menos de 40 horas. Pero algo más que la otra vez, que solo estuve 15. Poco a poco, esta ciudad de récords y de excesos pero también de ejemplos de sostenibilidad y diversificación, se está convirtiendo en la auténtica capital económica y cultural del mundo árabe. Más y más compañías internacionales plantan sus sedes regionales en la ciudad mientras que turistas de todos los rincones del planeta abarrotan la ciudad emiratí, que se prepara para acoger la primera Exposición Universal en el mundo árabe, la Expo Dubai 2020. Nuestro Calatrava ya está construyendo la Torre Dubai Creek Habour, que se convertirá en el símbolo de la Expo 2020 y en el edificio más alto del mundo, superando al vecino Burj Khalifa. Dubai se reinventa a sí misma, ofreciendo las mejores infraestructuras del mundo, como el estupendo aeropuerto. La aerolínea Emirates, que tiene en Dubai su hub, es la mejor de todas las que he utilizado con diferencia: servicio impecable, entretenimiento a bordo sin igual, trato al cliente único, comida buena, proceso de facturación sencillo... 

La primera vez que estuve en Dubai fue cuando vivía en Abu Dhabi. Me acerqué a pasar el día y pude pasearme por el Mall of the Emirates y ver su estrambótica decoración, con piezas maestras del arte contemporáneo, así como su acuario interno o el espectáculo musical de la fuente frente al Burj Khalifa, hacerme las pertinentes fotos, pasear por el barrio antiguo (y reconstruido) de Dubai... etc. 

Esta vez ha sido con un poco más de calma. Para empezar, nos quedamos en el vecino emirato de Ajman, en el magnífico hotel Kempinski con playa privada, que es una maravilla. El hotel cuenta con todas las comodidades y una oferta gastronómica muy completa, especialmente el buffet del brunch y del desayuno, así como el restaurante indio. Tras mucho estrés personal y de trabajo, la tarde entre playa y piscina me sentó de maravilla. Aquella noche nos acercamos a Dubai (está a algo menos de una hora) para tomar algo en Treehouse, un rooftop con estupendas vistas a Burj Khalifa, el nuevo gran símbolo de la ciudad, a la espera que Calatrava acabe de plantar la nueva gran torre de la Expo 2020. Tanto la música como la decoración son muy chic, y los cócteles que sirven son estupendos. Perfecto lugar para tomar algo y conversar en buena compañía.

Al día siguiente nos fuimos directos a la famosa The Palm Jumeirah, terreno ganado al mar con forma de gran palmera. Nos dirigimos a la parte más alejada de la costa, donde se encuentra el gran complejo de ocio de Atlantis The Palm Dubai, un gran hotel de 2000 habitaciones muy similar a su gemelo en Bahamas que se inauguró con grandes excesos: 100,000 fuegos artificiales, 7 veces más de los usados en la ceremonia inaugural del los Juegos Olímpicos en todo Beijing.

El complejo cuenta con un parque acuático, una variada oferta gastronómica que incluye el famoso restaurante Nobu y una colección de acuarios preciosa. La principal razón por la que fuimos fue a disfrutar del parque acuático Aquaventure, en el que por suerte no sufrimos colas de espera. Está bastante bien, muy limpio y cómodo, aunque se puede ver todo el tres horas. Los toboganes están fenomenal, hay una pirámide que son toboganes rápidos pero que no dan mucho miedo y otra en la que están los toboganes de las sensaciones fuertes. Muchos de los toboganes son para usar con flotadores (individuales o de dos) con lo cual tanto el confort como la sensación de rapidez aumenta. Mi favorito fue el único tobogán grupal, en que se se usa una pequeña balsa redonda de 8 personas que cae super rápido y da vueltas en una pared vertical impresionante. Varios de los toboganes atraviesan acuarios llenos de tiburones y rayas, para dar más impresión. Al que no me atreví a subir es al que te deja caer al principio en un ángulo de 90 grados: es decir, caída libre. Uno entra al cubículo, y tras una espera la trampilla bajo tus pies se abre y caes hasta que poco a poco el tobogán se va inclinando. Tras tantas caídas aquí y allá nos relajamos en nuestros gigantescos flotadores dejándonos llevar por el divertido y largo río que recorre todo el parque, que cuenta con tramos rápidos muy divertidos. El parque es perfecto para todos los públicos: desde familias con niños hasta grupos de amigos que quieran reírse un rato. Recomiendo comprar la entrada combinada para el acuario, para cuando de ponga el sol: hay descuentos si se compran 24 horas antes por Internet o en el aeropuerto de Dubai.

Efectivamente, al ponerse el sol nos cambiamos y fuimos al acuario, llamado The Lost Chambers, que aunque pequeño es muy resultón. Nos unimos a la visita guiada que sale a cada horas y que ofrece explicaciones y curiosidades sobre los diferentes animales marinos de cada pecera. También ofrecen explicaciones frikis sobre la pseudo cultura de Atlantis y los "restos" que este empresa se ha inventado, pero como no había niños en el grupo, le pedimos a la guía ceñirse a las explicaciones científicas de los animales. El gran tanque de tiburones, rayas y demás peces es muy relajante, de hecho hay sofás para poder disfrutar de las vistas de este gran acuario en paz. El resto de acuarios, más pequeños, son muy variados: desde medusas hasta un arrecife de coral con corales y anémonas de verdad, estrellas de mar, caballitos de mar... me llamó mucho la atención el acuario repleto de langostas pero sobretodo, el estanque descubierto de unos animales prehistóricos con una gran y dura concha y un aguijón cargado de veneno. En acuario circular con un banco de atunes dando vueltas es hipnótico y el de las pirañas da bastante respeto, así como el de las morenas. La verdad es que la hora se nos pasó rapidísima.

Tras visitar a un amigo en el agradable y moderno barrio de Dubai Marina, nos dirigimos al hotel Four Seasons para comer en Nusr-Et, uno de los seis restaurantes del famoso chef y carnicero turco tiene en el mundo (cuatro en Turquía y dos en los Emiratos). Estaba a rebosar. Con todo el éxito que ya tenía, Nusr-Et alcanzó fama mundial el pasado enero, cuando subió en Twitter su famoso vídeo cortando un filete otomano con mucho arte y sobretodo, echándole la sal de esa forma tan suya. Conseguimos una mesa tras esperar 15 minutos y nos tomamos una ensalada de queso de cabra, los famosos Nusr-Et spaguetti (que son trozos de carne de ternera finamente cortados) así como unos solomillos de ternera que estaban espectacularmente tiernos. Sin duda, una de las mejores carnes que he comido en mi vida.

Tras la cena, volvimos al moderno aeropuerto para tomar nuestro Emirates de vuelta a Kuwait. Dubai mejora año tras año. Espero poder visitar la Expo 2020 dedicada a la sostenibilidad así como muchas otras de las atracciones de Dubai que aún no he visto como subir a la cima de Burj Khalifa, visitar Burj Al Arab (el único hotel de siete estrellas del mundo) o la famosa pista de esquí artificial que recrea un pueblecito suizo. También me gustaría hacer un safari por el desierto arábigo y pasar una noche en una jaima. 

dimecres, 7 de juny de 2017

Beirut

La capital de Líbano siempre ha sido un destino soñado. Sin embargo, la ausencia de compañías low cost desde Europa y mi ignorancia y miedos hacia un país que pasó una guerra civil reciente y donde soldados españoles estuvieron presentes hasta hace nada posponían mi visita a la ciudad. Sin embargo, esta vez, al estar a solo dos horas de avión viviendo en Kuwait, donde la oferta turística es casi inexistente. me animé a visitarla, sobretodo porque iba a contar con un amigo kuwaití que conoce la ciudad y que habla árabe.

Llegamos con la compañía libanesa por excelencia, Middle East Airlines - MEA, que destaca por su excelente servicio, por su comida mejor que la media y por tener teles en todos los asientos. Era el vuelo más rápido desde Kuwait a Beirut (unas dos horas). El resto toman más tiempo porque hacen un gran rodeo con el fin de no sobrevolar el espacio aéreo sirio. MEA lo lleva sobrevolando desde que la compañía se creó sin ningún problema. Salimos del aeropuerto de Beirut, pequeño y en calma ese jueves por la tarde, en un magnífico día soleado con temperaturas de ensueño. Las montañas que rodean Beirut y el mar en el otro lado me recibían de nuevo al Mediterráneo, mi parte del mundo favorita de mayo a septiembre. Beirut es una ciudad desordenada, con cables y aceras en mal estado en algunos barrios y edificios altos y bajos sin ton ni son, pero con un gran encanto en conjunto. Llegamos a nuestro hotel, el famoso Riviera, ahora algo decadente pero que aún cuenta con uno de los mejores lounges de la ciudad, con varias piscinas, en plena Corniche, donde se junta la gente más guapa de la capital a broncearse y tomar cócteles en el bar de la piscina. La música suena de 10am hasta las 7pm. Tras un poco de piscineo de bienvenida nos fuimos a conocer una zona totalmente nueva de la ciudad, Beirut Souks, donde calles impolutas albergan edificios homogéneos de piedra con tiendas de lujo que abarrotan su bajos. La foto con las grandes letras I LOVE BEIRUT es obligada.

Acabamos cenando allí, en una de las terrazas más frecuentadas, la del The MET, un restaurante de comida internacional con sushi, pizza y hamburguesas. Me pedí el curry de gambas con chutney de mango y lo regamos todo con una buena botella de vino blanco libanés. La comida no tiene nada de especial, y mi amigo eligió el lugar simplemente porque está de moda y porque es el lugar para ver y ser visto, lo cual a mi me trae sin cuidado. Lo hubiera cambiado por un restaurante tradicional libanés con gusto. Tras la cena, dimos una vuelta por la Corniche, el famoso paseo marítimo de Beirut, llena de gente paseando o sentada observando el mar. y los aviones que descienden para aterrizar al aeropuerto.

Al día siguiente nos fuimos a desayunar al bohemio barrio de Gemmayzeh, cuya arteria principal es la vibrante rue Gouraud, llena de tiendas modernas, restaurantes a la última y las famosas escalinatas de colores que tanto se parecen a las que los libaneses construyeron en Rio de Janeiro, como la famosa escadaria Selaron. Este barrio fue antiguamente centro del Beirut francés y eso se nota en los edificios muy similares a los del sur de Francia. En el corazón del barrio se encuentra un complejo regentado por jóvenes donde se imparten clases de árabe, se cultivan verduras orgánicas y que cuenta con un pequeño hostal y una terraza que abre por las noches pero cuyo elemento principal es el popular Café Em Nazih, un must para desayunar en Beirut, donde realmente se junta todo tipo de público, edades, orígenes y religiones. Es tipo self service con lo que tienes que pedir las bebidas en la barra. El ambiente es relajado, especialmente agradable durante el desayuno. Nosotros pedimos unos panes redondos planos hechos en un horno allí mismo: uno relleno de carne picada, otro de espinacas con queso y otro con zataar, una mezcla de tomillo, ajedrea, mejorana, orégano, hisopo, comino, semillas de sésamo tostadas y sal.

Luego nos dimos una vuelta por la rue Gouraud, curioseando por las tiendas hasta llegar a la gran mezquita de Mohammad Al-Ami junto a la catedral maronita de San Jorge y la catedral ortodoxa griega también de San Jorge en pleno centro de Beirut, un barrio de elegantes edificios con soportales que fue reconstruido tras la brutal guerra civil que sufrió el país durante 15 años con diversas intervenciones y ocupaciones extranjeras. El barrio está ahora vacío, con los cafés y restaurantes cerrando sus puertas debido a las fuertes medidas de seguridad, con bloques de cemento, barreras y soldados fuertemente armados en cada esquina. Numerosos ministerios y embajadas están allí presentes en bellos edificios art-deco, como el de la aseguradora italiana Generali. La plaza central cuenta con un elegante reloj pero el ambiente de esta zona es bastante triste y solitario en calles que hace unos años tenían las terrazas de los restaurantes a rebosar. Remontamos una de las calles para observar los restos de las antiguas termas romanas y subir las escalinatas de la colina donde se sitúa el Grand Serail o Palacio del Gobierno, antigua sede militar del Imperio Otomano en la zona, que también cuenta con una bella torre del reloj de estilo otomano anexa.

Como se estaba celebrando la Beirut Design Week, numerosos locales de muebles, tiendas o de diseño tenían exhibiciones especiales, por las que fuimos curioseando. Especialmente me llamó la atención Bokia, un centro de diseño donde vendían desde curiosos almohadones hasta mesas auxiliares hechas de latas recicladas. Allí nos hicimos varias fotos chulas con peces de tela colgados junto a barquitos de papel de varios colores.

Tras el paseo mañanero nos volvimos al Riviera para relajarnos en sus pisicinas frente al mar con el DJ y de paso broncearnos un poco en sus cómodas tumbonas sorbiendo cócteles de sandía. Aquel día comimos en Al Falamanki en pleno corazón de Achrafieh, uno de los barrios más antiguos de Beirut y centro neurálgico de los libaneses cristianos seguidores de la Iglesia Ortodoxa Griega. El barrio es muy agradable, con tiendas de todo tipo y casas de apartamento cada una diferente, algunas me recordaban a París, otras a Valencia y la mayoría al sur de Italia y a Atenas. Por supuesto también hay edificios modernos estilo Miami. Sus apacibles calles arboladas son estupendas para perderse y saborear el día a día de la clase media y media-alta de Beirut. El caso es que comimos en Al Falamanki, un local muy tradicional y famoso a la vez, donde jubilados jugaban partidas interminables al backgammon (tabla árabe) y grupos de jóvenes fumaban shisha en su jardín aprovechando las buenas temperaturas. Nosotros nos pedimos una shisha y varios mezze para esperar al plato principal. Los entrantes son excelentes, sobretodo las salsas a base de zanahoria y remolacha, y por supuesto los clásicos hummus con carne y babaganoush. De los platos principales me quedo con el perfecto kafta en salsa de yogur y cerezas... único.   

Tras una cena rápida, esa noche fuimos a tomar algo al Bardo, un bar muy chic en pleno Achrafieh donde se junta gente moderna de todo el mundo árabe junto con expatriados para tomar algo y bailar a ritmo de DJ. Las caipirinhas y los gin tonics están estupendos, sobretodo después de meses de "ley seca" en Kuwait. Tras las copas nos fuimos a Project, una enorme discoteca en la costa norte de la ciudad regentada por un grupo de lesbianas donde modelos de todo el mundo junto con la comunidad LGTB libanesa se junta a bailar al ritmo de la música árabe del momento, música latina y también música house en un mezcla que no aburre a nadie.

El sábado nos levantamos tarde y fuimos directamente a comer a uno de los restaurantes más elegantes de la capital libanesa: Liza Beirut. El ambiente del local es soberbio y el servicio excelente, aunque personalmente me gustó mucho más la comida de El Falamanki. Aún así, es verdad que el lugar impresiona y la comida libanesa con toques de fusión europeos es excelente. Como entrante, las empanadillas de pan plano de espinacas o fatayer están muy buenas y las carnes son de primera calidad. Los helados caseros de postre, sobretodo el de pistacho, son estupendos. Al estar en pleno mes de mayo, los fines de semana vienen cargados de primeras comuniones, por lo que varias familias vestidas de forma impoluta, con las mujeres de blanco, se juntaban a comer en el restaurante para celebrar. Me sentí más en casa que nunca.

Fue una de las visitas menos turísticas que he hecho en mi vida. Pero aún así me lo pasé bien y me llevé una buena impresión de la ciudad. Sin duda alguna que volveré a Beirut, muchas más veces. Me he dejado por ver lugares como el Museo Nacional o las rocas de los amantes. Pero volveré no solo para continuar disfrutando de esta maravillosa ciudad, sino para descubrir otros lugares de Líbano como Balbeek, Biblos, Tiro y los bosques de cedros. 

dissabte, 22 d’abril de 2017

El Cairo

A orillas del Nilo

Siempre había soñado con visitar Egipto. La república árabe, por su milenario pasado, me ha fascinado desde que era bien pequeño. Como sólo contaba con tres días, me conformé esta vez con disfrutar de la capital, y dejar para otra ocasión el resto de maravillas que guarda el país. 

Lo primero que me sorprendió fue el excelente aeropuerto del Cairo, moderno y con tiempos de espera muy cortos, a pesar de ser temporada alta. En esta primera estancia nos alojamos en el Cairo Marriott Hotel, originalmente Palacio Gezira, fundado por el gobernador Khedive Ismail para alojar los huéspedes ilustres que en 1869 viajaron a a El Cairo para la inauguración del Canal de Suez, incluyendo a la emperatriz Eugenia de Montijo, mujer de Napoleón III. Sus interiores, hoy restaurados, así como sus frondosos jardines, fueron diseñados por un equipo conjunto de alemanes y franceses. En 1903, el palacio, nacionalizado años antes, se transformó en hotel con el fin de poder reducir la enorme deuda que supuso su construcción.  Durante la Primera Guerra Mundial fue un hospital y en 1919 la familia siria Loftallah lo reabrió como hotel de nuevo. Durante décadas el palacio alojó fiestas y bodas de grandes personalidades, incluida al del Rey Farouk. En 1961, el hotel se nacionalizó dentro de las políticas socialistas de Nasser y en 1970 la cadena estadounidense Marriott tomó el control de la gestión del hotel, restaurándolo y dándole su actual aspecto. Los grandes salones, pasillos y comedores aún existen, así como numerosas escaleras monumentales de mármol, respetando el aspecto y estética original de los tiempos en los que se alojó la emperatriz Eugenia.

Desde la habitación disfrutamos de unas espléndidas vistas al Nilo, fuente de vida del país, adorado y respetado como dios por los antiguos egipcios. Es en las orillas del río que se encuentran los edificios más altos de la ciudad, mayoritariamente grandes hoteles. Esa noche nos dedicamos a pasear por los alrededores de la plaza Tahrir, famosa por ser el epicentro de la revolución que tumbó al dictador Hosni Mubarak. Me sorprendieron las avenidas y bulevares, muy similares a los de Madrid o Valencia pero en los años 80, con grandes edificios de apartamentos racionalistas, modernistas o eclécticos. Recorrimos algunos bares y terrazas, aunque pronto percibimos que la escena nocturna en El Cairo no concuerda con los veinte millones de habitantes de la ciudad. Muchos cariotas nos confirmaron que tras la revolución nada es igual.

Las pirámides de Giza

El primer día desayunamos en isla Gezira, donde está el Marriott. Y lo hicimos como egipcios: fuimos a un local estupendo, el Zooba, donde sirven ful (un puré de habas y garbanzos con limón, ajo y otras hierbas y especias) y taamia (que es el falafel egipcio) además de dos tipos de labna (una especie de crema de yogur): una con olivas y otra con pimiento asado. Tras tan contundente comienzo del día nos dirigimos al sur de la tranquila isla Roda, donde se encuentra el Nilómetro más famoso de todos. Esta estructura, compuesta de una columna con marcas, para prever las crecidas y sequías del río y poder mejor organizar las cosechas. Con la construcción de las presas de Asuán en el siglo XX, los Nilómetros dejaron de ser útiles.

Al lado de esta estructura está el museo de Umm Kulthum, una de las más importantes cantantes árabes. Allí se encuentran vestidos suyos, premios y condecoraciones que recibió alrededor del mundo así como vídeos con su música, conciertos y la historia de su vida. Fue muy cercana al presidente Nasser. Tanto la querían que su funeral, con honores de Estado, fue uno de los mayores de la historia: cuatro millones de personas. Aunque la cantante falleció en 1975,  Kulthum es aún hoy muy apreciada por árabes de diferentes países, tanto por su voz como por sus conmovedoras letras. A la salida, un pequeños parque flor Tras esta visita, nos fuimos hasta la vecina ciudad de Giza, donde se encuentra el valle más famoso de Egipto: el valle de las grandes pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos.

Lo primero que impresiona es ver que están en mitad del área metropolitana de El Cairo, rodeadas de edificios horribles. La más grande de las pirámides, la de Keops, se encuentraba abarrotada de turistas. Existe la posibilidad de entrar en sus pasadizos y cámara mortuoria pero nuestro guía nos dijo que no valía la pena ya que tanto las momias como los enseres de la tumba están todos en museos. Además, dentro de estas gigantescas tumbas apenas quedan jeroglíficos. Vista de cerca, a sus pies, impresiona muchísimo, sobretodo la gran puerta central, sellada con gigantescas rocas.

Nos desplazamos a continuación al mirador, alejado de las tres pirámides, desde donde se disfruta de una panorámica espectacular del valle. Además de las tres grandes pirámides, hay muchas otras pequeñas, algunas semi derruidas, construidas para las mujeres de los faraones. Todas las pirámides estaban recubiertas de reluciente mármol. El problema es que este material fue robado en diferentes épocas para construir palacios u otras tumbas en Egipto. Además, todas tenían pirámides  oro en las cúspides, que también fueron robadas a lo largo del tiempo. En la pirámide de Kefrén, hijo de Keops, aún se conserva el mármol de la cima. Allí también nos explicaron que las pirámides no fueron construidas por esclavos, sino por obreros libres, que recibían tres comidas diarias, una paga y un mes de vacaciones (que solía ser entre los actuales meses de julio y agosto). Las pruebas de los arqueólogos son los cientos de tumbas de los trabajadores de las pirámides que se han ido encontrando en el valle. Los esclavos no tenían derecho a funeral con lo que las tumbas son una prueba de que fueron trabajadores libres, fundamentalmente egipcios pobres atraídos por el empleo asegurado. Parece ser que las escenas de latigazos son una más de las tergiversaciones históricas que Hollywood nos ha "ofrecido". 

Tras las fotos pertinentes, fuimos a ver la Esfinge, que no es más que la cabeza de Kefrén con cuerpo de león, un modo de representar a los faraones uniendo su inteligencia propia y la fuerza del león. Las esfinges se usaron también como protección simbólica contra ladrones de tumbas y malos espíritus. La barba se encuentra en el Museo Británico, en Londres.

Disfrutamos de la impresionante puesta de sol en el Sahara con las pirámides y la esfinge de trasfondo y nos sentamos a ver el show de luces y sonido que se ofrece cada noche. Allí se explica la historia de las tres pirámides, datos curiosos, anécdotas... a través de diferentes recursos como el láser, las voces en off o la proyección de la cara de Kefrén en la esfinge para dar la impresión de que habla. La cúpula celestial y los centenares de estrellas se veían aún más bonitas a los pies de las milenarias pirámides, una de las siete maravillas del Mundo Antiguo y las únicas que quedan en pie. Es una lástima que este año no se represente la ópera Aída porque no puedo concebir mejor entorno para ello. En el show de luz y sonido, los egipcios insisten en que, cuando una sociedad tiene un objetivo claro, y lucha por él, lo alcanza, independientemente de lo complicado que sea. Y hace más de 4500 años, levantar estas estructuras piramidales era una obra que cualquiera hubiera considerado imposible, máxime sin contar con grúas, helicópteros, ni camiones. Pero aún así lo consiguieron porque ese era el gran objetivo social. 

La ciudad de los 1000 minaretes

El sábado nos lanzamos a descubrir el viejo Cairo o ciudad islámica, también considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El taxi nos dejó en la puerta de Nasser o Bab El Nasr, por la que cruzamos las antiguas murallas cariotas. Esta puerta amurallada fue construida en 1087 el Visir Al-Jamali, armenio de origen. Al cruzarla, el ambiente cambia por completo: los amplios bulevares de Zamalek o los alrededores de Tahrir se transforman en callejuelas curvadas con tiendas en los bajos y un ajetreo de gente por todo lado. Las panaderías perfuman el barrio con el aroma del pan recién horneado, amortiguando el olor a pescado de las pescaderías. Trozos de carne colgada compiten con las coloridas frutas y verduras así como tiendas de cacharros de todo tipo, desde shishas hasta ollas de bronce de todos los tamaños. Zapateros, costureros, peluqueros, peleteros, vendedores de alfombras. De tanto en tanto pasaba un afilador de cuchillos o un carro lleno de cestas de mimbre arrastrado por un burro. La llamada a la oración desde los minaretes cortaba por un segundo la algarabía, recordándonos que de tanto en tanto es bueno poner el pausa los asuntos mundanos y reflexionar sobre lo trascendental.

Entre tumbos llegamos a las puertas del complejo funerario del sultán mameluco Baybars II, de principios del siglo XIV, que incluye una mezquita, de confesión chíi en este caso, con la tumba del antiguo sultán rodeada de luces de neón verde en su interior.  La mezquita se encontraba en un estado lamentable, con palomas por todo lado. De hecho, al acceder a su patio central, decenas de palomas echaron a volar, huyendo de nosotros, creando un sonido único. En otra de las calles  nos sorprendió un gran edificio y nos metimos a curiosear: se trataba de la Wekalat Bazara, un caravasar donde se alojaron los grandes mercaderes del tabaco. Se construyó en el siglo XI y fue usado hasta el siglo XVII. El amable guardián nos ofreció un mini tour por las diversas estancias donde los mercaderes exponían sus productos, donde recibían a familiares y amigos y donde dormían, así como los retretes y baños. Las mujeres tenían sus propias habitaciones y entrada diferenciada. De hecho, aún persisten las ventas de madera desde las que podían abrir pequeños ventanucos para curiosear lo que pasaba en el patio central sin ser vistas. A través de unas escaleras de madera sueltas que no nos daban mucha confianza subimos a los terrados, sintiéndonos unos Aladdín de la vida, disfrutando de las vistas del viejo Cairo y sus numerosos minaretes (por algo se le llama a la ciudad como la de los 1000 minaretes). A lo lejos, la ciudadela de Saladino presidía la estampa, con sus cúpulas y minaretes, cual palacio del sultán de Agrabah.

Seguimos paseando mientras empezaban a aparecer tiendas de recuerdos kitch: la zona turística, la famosa calle Al Moez, donde realmente se siente que El Cairo fue la capital del mundo islámico en su época de esplendor del siglo XIV. Y de pronto nos topamos con el magnífico complejo del Sultán Al-Nasir Muhammad Ibn Qalawun, sultán de Egipto y Siria. La compra de una entrada permite el acceso a los siete sitios que conforman este complejo, empezando por el magnífico mausoleo del sultán, ricamente decorado, especialmente el bello mihrab y también su cúpula, bajo la cual se celebraron ceremonias de coronación de varios sultanes. A continuación nos dirigimos a la entrada a la antigua madrasa (o escuela islámica) que es un antiguo pórtico robado de una iglesia palestina. Aquí se enseñaban leyes, medicina, matemáticas y teología en sus dos amplias aulas. El patio central de mármol servía para que los estudiantes intercambiaran conocimientos. A su alrededor, además de las dos aulas, se encontraban las habitaciones de aquellos estudiantes que no tenían casa en El Cairo. El bonito mihrab de una de las dos aulas está hecho de madre perla. El siguiente edificio es el hospital, uno de los mejores de su época. Las fuentes de mármol y el resto de decoraciones se realizaron para que aquellos enfermos sin techo pudieran sobrellevar su desgracia de la mejor manera posible. Ropa, alojamiento, comida, medicina y tratamientos eran proveídos de forma gratuita a los más desfavorecidos. 

La mezquita y los baños públicos o hammam completan el complejo. La entrada también da acceso a la habitación superior del sabil (o fuente pública) de Abderhaman Katkuda, un oficial otomano que en el siglo XVIII restauró y construyó varios edificios en el viejo Cairo. Este edificio en concreto se compone de una fuente pública en la fachada, y una antigua escuela primaria en los interiores. La sala superior, además de sus decorados techos de madera, cuenta con una vista estupenda de la animada calle Al Moez. Muchos arquitectos consideran este sabil como un tesoro de la arquitectura otomana.

Finalmente, con la entrada también pudimos visitar el cercano palacio de Beshtak, construído en el siglo XIV por uno de los mamelucos (oficiales) del sultán, casado con una de las princesas. Este palacio constituye el mejor ejemplo de la arquitectura doméstica mameluca. En los exteriores se construyeron espacios para albergar tiendas, y así obtener las rentas de los alquileres. El palacio cuenta con un bonito patio de entrada, diferentes habitaciones, despensas fresquitas, caballerizas y balcones con bellas vistas. Pero sin duda lo más bonito es el salón de las fiestas, de techo de madera con formas geométricas bellísimo. Las ventanas de vitrales coloreados pero sobretodo la imponente fuente de mármol del centro le dan un ambiente majestuoso. Aquí se celebraron fiestas y recepciones, a las que solo podían asistir hombres. Las mujeres lo observaban todo desde lo alto, en balcones de madera con pequeñas ventanitas que podían abrir para curiosear y ver sin ser vistas. Cuando algún miembro de la fiesta estaba soltero, las familias lo indicaban a las mujeres solteras de las habitaciones superiores. Si a estas les gustaba el susodicho, podían lanzar su pañuelo al salón para indicar que daban la luz verde a organizar el matrimonio. 

Continuamos la visita por el famoso bazar de Khan El-Kalili, abarrotado de tiendas, demasiadas con recuerdos kitch en mi opinión. Atravesando estrechos pasajes llegamos al popular Café de Fishawi, que lleva abierto día y noche más de 200 años y donde renombrados escritores y poetas, incluido el Premio Nobel Naguib Mahfuz, han escrito parte de su obra. El café está lleno de grandes espejos, además de una decoración muy variada. Nos sentamos en el exterior para disfrutar de nuestro té a la menta y de una shisha mientras personajes de todo color atravesaban el pasillo callejero entre las mesas: adivinadoras del futuro, músicos tradicionales, prostitutas, niños mendigos, ancianas en silla de ruedas y vendedores de toda clase. Se hacía duro en ocasiones, sin duda el Café ha perdido un poco su carácter bohemio al transformarse en un imán para turistas.

Volvimos a Zamalek a comer, el barrio donde esta el Marriott, al norte de la isla Gezira. Esta es, sin duda, la zona más bonita de El Cairo, con sus amplios bulevares y calles arboladas, los diversos palacetes que albergan las diferentes embajadas y los restaurantes y cafés a la última que ofrecen recetas con ingredientes frescos. Muchos de los restaurantes que ofrecen comida egipcia casera y una decoración chic se encuentran en la avenida 26 de Julio. Elegimos uno de ellos, el Cairo Kitchen, donde empezamos con una tradicional sopa de lentejas y seguimos con mahchi (que son pimientos, berenjenas y calabacines rellenos de arroz cubiertos de salsa de tomate). Como plato principal pedimos koshary casero, tal vez el plato egipcio por excelencia, a base de arroz, lentejas, garbanzos, pasta, salsa de tomate, ajos y cebolla frita. También pedimos un plato de pollo al yogur y fattah (que es el pan egipcio frito y crujiente). Y para beber, la tradicional agua de rosas con menta. No nos lo pudimos acabar todo.

Paseamos por las bonitas calles de Zamalek, disfrutando de la calma y de la arquitectura. Esa noche cenamos en el Left Bank, situado en la punta norte de la isla, con bellas vistas al Nilo, donde disfrutar de comida internacional. Tras la cena tomamos algunas copas en las diferentes terrazas en lo alto de edificios acabando con una copa de fresco vino blanco egipcio en la del Ritz-Carlton, en la Corniche, que ofrece un DJ en directo con música house.

Del antiguo Egipto al Cairo otomano

Es verdad que son muchos los que insisten en que para ver piezas maestras del antiguo Egipto lo mejor es irse al Louvre, al Museo Británico o a Berlín. Sin embargo, el Museo Egipcio de El Cairo sigue siendo el mayor del mundo, tanto por cantidad de piezas como por la importancia de muchas de ellas. El museo se organiza por las diferentes épocas del antiguo Egipto: desde los tinitas hasta los romanos. Se inauguró en 1902 con el actual edificio, de estilo neoclásico.

El museo ofrece un recorrido a través de esculturas, tumbas, relieves, papiros, elementos arquitectónicos y objetos del día a día a través de miles de años de historia. Una de las salas más visitadas, que se paga a parte, es la de las momias de algunos faraones y sus mujeres, que da escalofríos. La sala estrella (y la más vigilada) es la de Tutankhamón, un faraón que apenas reinó unos años pero que actualmente debe su fama al hecho de que su tumba se descubrió intacta a principios de siglo XX. Su máscara funeraria principal así como dos de sus sarcófagos están expuestos aquí, relucientes, así como muchas de sus joyas, que deslumbran. Las medidas de seguridad en la sala se redoblan, ya que estamos hablando de objetos de oro y piedras preciosas. En cualquier caso, los admiradores del antiguo Egipto nos tiraremos horas en el museo: hay muchísimo que ver, y cosas muy curiosas, incluidas las momias de la época romana con la cara representada en mosaicos o los objetos del reinado de Akenatón, faraón que inauguró una religión monoteísta del sol, culto que duró poco, y casado con la famosa Nefertiti. Muchos de los objetos encontrados en el interior de las grandes pirámides de Giza están aquí también, incluyendo bellas camas a usar por los faraones cuando resucitaran.

Para almorzar volvimos al Zooba, donde tomamos el desayuno nuestro primer día, ya que también sirven comidas. Además del koshary casero de rigor, pedimos el delicioso hígado de pollo, otra receta egipcia buenísima. Y de postre, qombela: un pudin de arroz, queso dulce konafa y basbousa (un dulce de sémola en almíbar) con pistachos.

Nuestra última visita antes del aeropuerto fue a la Ciudadela de Saladino o Salah Ad-Din, sultán de Egipto y Siria durante el siglo XII. Construida para defenderse de posibles ataques cruzados, la fortaleza domina las vistas de la ciudad. De hecho, desde sus terrazas se tienen unas vistas estupendas, incluso se pueden ver a lo lejos las pirámides de Giza. Entre sus gruesas murallas están los museos militar y de la policía respectivamente, pero la pieza maestra es la gran mezquita de Mohammed Ali, construida en lo más alto de la ciudadela en el siglo XIX por los otomanos. El alabastro de los interiores y del magnífico patio junto con el tipo de decoración me trasladó a Estambul y sus grandes mezquitas. Pero lo mejor fue despedirse del Cairo desde las terrazas de la ciudadela, escuchando el bullicio, a lo lejos, de la actual capital de la República árabe de Egipto, que por cierto, tiene uno de los peores tráficos que he visto en mi vida: los egipcios conducen fatal.

Sin duda que volveré a El Cairo. Me dejé por hacer numerosas excursiones: desde Menfis y sus mastabas hasta Alexandria o una visita al desierto de las ballenas. Y por supuesto, mi sueño de hacer el crucero del Nilo para descubrir los templos de Abu Simbel o Luxor. 

dissabte, 1 d’abril de 2017

Hakone & Kamakura

Si uno vive en Tokyo, hay dos escapadas que pueden hacerse perfectamente en un sólo día: una os llevará a bosques, lagos y un volcán espectaculares, todo bajo la atenta mirada del monte Fuji. La otra excursión os trasladará a la era en la que Japón era gobernado por los samuráis.



Hakone y sus medios de transporte

Hakone es una de las excursiones más populares desde Tokyo. Se trata de una región montañosa, llena de bosques alrededor del lago Ashi. Sus onsen, volcanes y teleféricos atraen a masas de turistas sobretodo los fines de semana y festivos con buen tiempo. Las bellas vistas del monte Fuji que se aprecian desde distintos puntos de la región son otro de sus alicientes. El único problema es que fui el fin de semana (por temas de trabajo no tenía opción) y está bastante masificado, uno se siente casi en un rebaño.

La manera más rápida de llegar es con el tren bala hasta Odawara y ahí tomar el tren hasta Hakone Yumoto. No olvidéis comprar en Odawara un pase de día para poder subiros en los diferentes medios de transporte que hay en Hakone. En Hakone Yumoto hacéis intercambio y tomáis el tren hasta Gora. La ruta es muy bonita, a través de una escarpada ladera, atravesando bosques, minúsculos túneles y riachuelos, con dos cambios de dirección del tren. Es en Gora donde recomiendo empezar la ruta, sobretodo si cuando llegáis se acerca la hora de almorzar. Ahí se encuentra Itho Dining by Nobu, uno de los restaurantes del mediático chef, de ambiente íntimo. Cerca también está el Museo al Aire Libre de Hakone, con estatuas de Rodin, Miró y un pabellón dedicado a Picasso con más de 300 de sus obras.

De Gora se toma el funicular hasta Souzan, que sube poquito a poco a través de vías muy estrechas, y de ahí, el teleférico que os llevará a lo alto de Owakudani atravesando unas áreas con altos niveles de azufre. Sin duda es la parte más emocionante del viaje. A través de la cabina observaréis el panorama desolado de una montaña que explotó a causa de la actividad volcánica y de donde aún salen continuos chorros de azufre que, en ocasiones, pueden representar un peligro para la salud de determinados grupos de personas. Por eso, antes de subir al teleférico, se reparten unas toallitas húmedas especiales para ponerse en la nariz en caso de problemas respiratorios. El paisaje era infernal, casi como Mordor, desértico, con chorros de humo saliendo de todo lado y pequeños charcos de aguas amarillentas o de un azul turquesa muy artificial.

El teleférico llegó a la cima. Fuera del moderno refugio, el viento era terriblemente fuerte y frío. Aún así, me asomé para ver el panorama y el Monte Fuji desde allí. Una larga cola esperaba para comprar su bolsita de huevos hervidos en azufre, con la cáscara totalmente negra, que se preparan en cestas de hierro en los diferentes lagos del volcán. Tras la ventolera, se toma otro teleférico, este ya a través de apacibles bosques hasta descender al borde del lago Ashi en el embarcadero de Togendai-ko.

Allí tomé un enorme barco tipo pirata, que parecía sacado de un parque de atracciones. Mi humilde opinió es que la experiencia sería más chula si el barco fuera de estilo japonés. Las vistas eran preciosas. El lago Ashi, encajado entre montañas, es inolvidable. Como ya había visto a lo lejos la puerta toori, y las nubes tapaban el monte Fuji, tomé el bus de vuelta a Hakone Yumoto desde allí. Si no hubiera tenido compromisos de trabajo me hubiera gustado quedarme una noche en algún ryokan y disfrutar en paz de sus onsen, famosos en todo Japón. Desde luego que tendré que volver a Hakone y descubrir sus otras rutas, templos y museos con más calma.

Kamakura, capital de los samuráis

La manera más rápida de llegar a Kamkura es en la línea Yokosuka de JR. Y las razones para hacerlo son varias: a finales del siglo XII, Minamoto Yorimoto, el primer shogún, eligió esta población costera como capital del Japón gobernado por los samuráis. Es por eso que aún hoy en día existen 65 templos budistas y 19 santuarios sintoístas. El más famoso es el Kotoku-in, donde se encuentra el conocido Gran Buda de bronce (el Daibutsu). Se realizó en 1292 y pesa 93 toneladas. El Gran Buda estaba alojado originalmente en un templo de madera que fue destruido por un tsunami en 1495. Desde entonces, la gran estatua ha permanecido a la intemperie. Su enorme tamaño sigue impresionando y de hecho se puede entrar a su interior por la parte de detrás, para entender mejor como se ensambló la gran estructura. Nosotros lo hicimos en agosto y casi nos da algo. Ya de por si el calor estival el Tokyo y alrededores es sofocante pero si encima te metes en una caja de bronce a la que lleva horas dándole el sol, imaginaos. Solo por el impresionante Buda vale la pena venir a Kamakura.

Otro templo muy bonito es el de Hase-dera, que cuenta con decenas de imágenes en piedra de Jizo, el protector de los niños. En este templo se encuentra también una de las estatuas de madera más grandes del país: el Juichimen Kannon, del siglo VIII, una diosa de la compasión coronada con 10 pequeñas cabezas, cada una mirando hacia un lado, con el fin de mirar a todo aquel que necesite de su compasión. En este templo también hay una capilla para Inari, o deidad de la fertilidad y el éxito, a la que se llega tras un camino de varias pequeñas puertas toori rojo bermellón, jalonadas de estatuas de kitsune, o zorros blancos puros, sus mensajeros. Todas las estatuas de los kitsune llevan baberitos rojos, que son puestos por los fieles devotos de Inari.

Recorred también la animada calle principal (peatonal) de Kamakura, llena de tiendas y restaurantes para todos los gustos. La gastronomía de Japón es tan variada que nunca repetiréis. Además, cerca hay un bonito bambusal, mucho más íntimo que el masificado de Kyoto, que alberga un pequeño cementerio histórico. Como era pleno verano, parejas de jóvenes japoneses se paseaban en los kimonos tradicionales del verano, frescos y ligeros, llevando los zuecos de madera tradicionales, mientras se hacian fotos con sus sombrillas ellas y sus bolsas tradicionales ellos. 

divendres, 31 de març de 2017

Bahrein

Bahrein, la perla del golfo Pérsico

Cuando uno habla de Bahrein, la mayoría de los que te escuchan no son capaces de ponerlo en el mapa. ¿Es una isla del Caribe o del Índico? ¿O es más bien un pequeño país africano o del Sudeste Asiático? No, Bahrein es el país más liberal del Golfo Pérsico, allí donde los saudíes van a pasar muchos fines de semana a sus villas y apartamentos, para poder salir de fiesta, o, en el caso de mujeres, poder conducir y pasear alejadas la atenta mirada de sus familiares, vistiendo de una forma más relajada.

Ese es el turismo que llega a Bahrein. Para cualquier otra nacionalidad, esta pequeña isla del Golfo Pérsico no será una prioridad en absoluto. Algunos pararán un día en su recorrido de crucero por la península arábiga. Otros, como mucho, irán por temas de trabajo o alguna reunión, conferencia o congreso. Por eso, en el caso que os encontréis en esta situación, aquí os dejo mis recomendaciones turísticas.

Lo primero que uno debería visitar es el Fuerte Bahrein, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se encuentra situado en Qal´at al-Bahrein, en un típico "tell", es decir, una colina artificial con estratos formados por asentamientos humanos sucesivos. En este lugar, habitado durante milenios, se han encontrado estructuras residenciales, comerciales, de gobierno, religiosas, militares... corroborando la importancia comercial de este enclave durante siglos. La fortaleza que actualmente se visita fue construida por los portugueses aunque previamente este lugar fue la capital de Dilmun, una de las civilizaciones más importantes de la región antes que surgiera el Islam. De hecho, los numerosos restos arqueológicos encontrados en el siglo XX solo eran conocidos hasta ese momento por alusiones en fuentes escritas sumerias.

Lo cierto es que la fortaleza por fuera es bonita, pero por dentro, más allá del pasillo con los arcos renovados, es bastante aburrida. Al lado hay un edificio moderno que alberga el museo, donde observar varios restos entre los que se encuentran joyas, cerámicas, armas, monedas de todas las épocas... tal vez lo más curioso sean los jarros con esqueletos de serpientes: se enterraban en la casa para agradar a los dioses, una práctica extendida en la antigua Dilmun.



Tras la visita, hay un restaurante de comida variada con una buena selección de comida árabe, de hecho con las particularidades de Bahrein, que es el restaurante Zyara. Muy moderno, ofrece precios razonables y cantidades grandes. Pedid el arroz machboos con cordero o gambas o el arroz biryani con pollo o con mero, ambos deliciosos y con los toques especiados (incluida la canela) que caracterizan a la península arábiga. Como postre tomamos el delicioso Umm Ali, un pudding con bizcocho ligero, leche condensada, nueces, crema y coco rallado que me fascinó.

Paseos y más perlas

Otro paseo recomendable es el balcón marítimo de Reef Island, que da a la nueva zona financiera de Bahrain. Desde el paseo se ven los grandes edificios que conforman el moderno skyline financiero del país, las vistas son impresionantes. Además, si vais entre semana a eso de las dos de la tarde, desde este paseo también veréis el espectáculo de decenas de barcos tradicionales de madera (ahora motorizados y todos iguales) saliendo al mar a pescar. Personalmente tuve la suerte de alojarme durante mi tiempo en Bahrain en un espacioso ático que tenía estupendas vistas y desde el que pude disfrutar de la salida de los barcos a diario. Acercaos al centro financiero para haceros una foto en el Bahrain World Trade Center, las gigantescas torres gemelas triangulares con tres molinos eólicos en la mitad, instalados en los puentes que conectan ambos rascacielos. Sin duda, este es el símbolo de Bahrein.

Una visita a este país-isla merece también pasar unas horas en el Museo Nacional, un moderno edificio donde aprender la historia y tradiciones del país. Además, su restaurante sirve comida sana y de gran calidad a precios razonables. La sección que más me gustó del museo es aquella en la que se reconstruyen escenas de la vida cotidiana del Bahrein tradicional, con maniquíes y objetos reales, como el matrimonio, la escuela, la recogida del agua, y hasta un zoco entero tal y como era antes de que se descubriera el petróleo y llegara la modernidad al país. Por supuesto, las perlas ocupan un espacio importante en el museo, ya que antes del petróleo, Bahrein era conocido mundialmente por sus perlas de gran calidad. Desde el siglo II hasta inicios del siglo XX, esta fue una de las principales fuentes de ingresos de la isla. Por eso, la UNESCO también declaró a la industria perlífera tradicional como Patrimonio de la Humanidad. La mayoría de edificios protegidos se encuentran en la ciudad de Muharraq, de calles estrechas y mayoría chíita, encabezados por la fortaleza de Bu Mahir, desde donde zarpaban los barcos rumbo a los bancos de ostras. Cuando en 1914 estalla la Primera Guerra Mundial y el consumo de perlas (artículo de lujo) cae en picado, Japón empieza a desarrollar los cultivos de otras perlíferas. Estos dos eventos ponen fin de forma abrupta a esta industria, haciendo que la economía de Bahrein cayera en picado de cuya crisis solo se recuperó con el incio de la exportación de petróleo.

La comunidad del subcontinente Indio
No se puede entender Bahrein sin pasear por el barrio de la comunidad inmigrante de Bangladesh, la más numerosa en el país. Daos una vuelta por las animada calles del Manama Bangali Golli, el barrio frecuentado por la comunidad bangali y otras como la paquistaní, india, nepalí y de Sri Lanka. Cenad en el famoso restaurante Kiwi, muy popular entre esta comunidad. Evitadlo los fines de semana porque está siempre a tope. Aquí podréis degustar la manera bengali del arroz biryani con pollo, que yo pedí lo menos picante posible. También degustamos el cordero picante, aunque estaba demasiado fuerte para mi. De postre pedimos unos dulces que tienen expuestos en el mostrador bastante ricos, con sabor a coco. 

Si preferís probar la comidad del subcontinente indio en un ambiente de lujo, dirigíos al Nirvana, el restaurante indio del Ritz-Carlton. El restaurante ofrece pocas mesas, en un entorno con luces bajas, decoración barroca y sobretodo, música tradicional del subcontinente indio en directo, con dos músicos tocando instrumentos tradicionales. Impecable.

Dicen que en Bahrain hay buena fiesta. De hecho, es donde cientos de Saudíes de la provicina oriental llegan cada fin de semana para pasarlo bien y poder escuchar música y beber algo de alcohol. Bahrein es el país del Golfo más liberal de todos. Aunque la verdad yo no salí de fiesta ni una vez. Me dejo eso pendiente, así como ver el famoso Árbol de la Vida en el desierto.