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dimecres, 21 de juny de 2017

Kuwait

Kuwait no es un destino turístico al uso. Desde luego, no lo es si buscamos ocio o cultura. Kuwait es uno de los pocos países del mundo sin ningún patrimonio declarado de la humanidad por la UNESCO. Además, no tiene ningún gran monumento de interés, más allá de las torres de Kuwait. Es por eso que el país está fuera de los grandes circuitos turísticos. La gente viene aquí por negocios o a trabajar.

Uno de los grandes símbolos del país son sus grupos de nueve torres de agua "tipo seta" pintadas a rayas blancas y azules que se encuentran por distintos lugares de Kuwait. La empresa sueca encargada de este sistema de distribución quiso hacer otro grupo en este promontorio del golfo pérsico. Sin embargo, el Emir de Kuwait de aquel entonces, el Jeque Yaber Al-Ahmad, decidio que el diseño fuera diferente, icónico, y por eso encargó al arquitecto danés Malene Bjorn presentar algo nuevo. El proyecto ganador de las actuales torres se compone de tres estructuras. La torre principal tiene dos esferas: la grande es mitad depósito de agua y la otra mitad un restaurante. La esfera superior cuenta con una cafetería y mirador. La segunda torre solo tiene una esfera que está completamente dedicada a almacenar agua. La tercera torre, sin ninguna esfera, sostiene los elementos que iluminan las otras dos torres. Las torres mezclan las formas de la esfera terrestre y el cohete, símbolos de la humanidad y el progreso. Además, las esferas están decoradas con colores y motivos que recuerdan a los azulejos de una mezquita. Las vistas desde arriba son impresionantes y vale la pena acercarse las noches que hacen proyecciones sobre ellas. Debajo de las torres se encuentra el conocido Fish Market, un restaurante con peceras por todo lado donde elegir, en sus neveras abiertas con mucho hielo, diferentes tipos de marisco, desde langostas de Maine a calamares de Mediterráneo, cangrejos, gambones del Índico... así como una gran variedad de pescados, donde destacan un gran surtido de especies pescadas en aguas kuwaitís. Uno va seleccionando productos y cantidades y luego se escoge como queréis que os lo preparen, con qué tipos de salsa... puede ser hervido, al vapor, a la plancha, a la parrilla, frito, empanado, al horno... un lugar estupendo para los amantes de la comida del mar.

Y hablando de comida he de decir que si Kuwait tiene un atractivo turístico ese es su panorama gastronómico. El país cuenta con una de las mejores calidades en restaurantes del mundo: la comida es fresca, deliciosa y muy bien presentada. La innovación es constante debido no solo a la exigencia de los kuwaitís, acostumbrados a lo mejor de lo mejor, sino también al hecho de que no se puede servir vino, con lo que la comida, que se convierte en el centro de cualquier salida nocturna, tiene que ser excelente para mantener al cliente satisfecho. Y lo mismo ocurre con el café y los dulces: en Kuwait alcanzan la excelencia. Los vegetarianos y veganos no tendréis mucho problema ya que casi todos los restaurantes incluyen opciones en sus menús. Aún así, no os podéis perder OVO, un estupendo restaurante flexitariano donde cualquier grupo se sentirá cómodo. Los amantes de la comida japonesa no podéis obviar Yuba, en la Crystal Tower, que ofrece un amplio menú de platos japoneses de alta calidad así como algunos fusión japonés-kuwaití únicos en el mundo y deliciosos. Otro de los locales de moda en el país es Street Almakan by Zubabar, un local a la última (uno no sabe si está en el Soho neoyorquino o en Berlín) donde se sirve una fusión de comida callejera de Corea con los sabores de Kuwait. Lo mejor de la carta, de lejos, es el curry verde, cero picante y cremoso, con una carne de res de gran calidad. También hay baos muy ricos. Al acabar la cena, pasaos por la pequeña galería de arte contemporáneo anexa. En cualquier caso, la escena gastronómica de Kuwait cambia bastante rápido por lo que lo mejor será preguntar a los kuwaitís o estar atento a las redes sociales: los locales pop-up (que abren solo unos pocos días y luego desaparecen) son bastante frecuentes entre los emprendedores foodies.

Para probar la gastronomía propiamente kuwaití lo mejor es ser invitado a una casa. Pero si no se tiene esa oportunidad, el mejor restaurante de comida nacional es Dar Hamad, en la carretera del golfo árabe. El lugar es un paraíso para lo amantes del diseño. Su increíble decoración abruma, cada detalle está medido y, en general, el conjunto rezuma lujo y buen gusto.  El chef, kuwaití, ofrece un menú con una mezcla de entrantes libaneses, indios y kuwaitís, donde destaca la dolma al estilo de Kuwait, mucho más grande que la turca y dulce. La ensalada Dar Hamad es también deliciosa. Respecto a los platos principales no puede fallar el arroz machbous, una receta nacional a base de arroz basmati que suele venir con cordero y pichón asados, frutos secos, pasas y ciruelas. También hay variedad de platos con pescados locales. Y los postres son estupendos: desde el pudin de dátiles con caramelo al exquisito Umm Ali pasando por los tradicionales dulces kuwaitís que se sirven con el té.

Pero volviendo a los edificios turísticos, mi favorito es el rascacielos más alto del país: la llamada Torre Al Hamra. Este precioso edificio es además uno de los pocos rascacielos en el mundo que tiene cada uno de sus lados diferente. El arquitecto quiso adaptarlo al clima de Kuwait y al movimiento del sol para maximizar el gasto de energía y protegerlo de las constantes tormentas de arena que llegan desde el sudoeste, lado que da al desierto. De ahí su curiosa forma que parece como si una lámina de cristales envolviera la torre cual papel de plata. Su interior es también sorprendente. Las magníficas vistas del futurista lobby del piso 32 son un must. La propia entrada a la torre tiene un aire calatravesco y una modernidad impactantes. Su centro comercial es así mismo una pasada, con algunas tiendas de lujo 100% kuwaitís como TFK (The Fragance Kitchen) que vende los perfumes creados por Sheikh Majed Al Sabah, sobrino del actual Emir de Kuwait, siendo mi favorito "War of the Roses", una combinación única de oud y rosas que no deja indiferente.

Más allá del Kuwait contemporáneo, uno no puede perderse el zoco, que aunque no es tan antiguo como el de otros países musulmanes, conserva un encanto vintage único. El zoco Mubarakiya era el antiguo centro del país antes del descubrimiento del petróleo. Con más de 200 años, fue restaurado recientemente incluyendo sus techos de madera. Sus calles peatonales están abarrotadas de tiendas que ofrecen de todo, desde alfombras persas hasta antigüedades árabes auténticas, perfumes tradicionales a base de musgo y oud así como trajes típicos. Es perfecto para perderse, comprar algo, comer y aprender de la cultura kuwaití. Las tiendas de dátiles ofrecen variados surtidos de diferentes tipos de esta fruta mientras que las tiendas de especias suelen ser regentadas por persas. Hay una zona de pescados y otra de carnes. Tampoco podéis perder las tiendas de dulces: pasaos por la dulcería Al-Shamali, con sus vistosas cajas de latón verdes y amarillas, donde venden unos dulces muy tradicionales de Kuwait, especialmente unos barquillos con cardamomo perfectos para mojar en café árabe. Por supuesto, las típicas tiendas de oro y plata abundan. Buscad también la primera farmacia islámica de Kuwait, es muy bonita de ver con todos sus remedios tradicionales ofrecidos en sus estanterías. Finalmente dedicad un rato al centro del zoco, que es un pequeño patio con bancos de madera llenos de almohadones mugrientos donde jubilados se sientan a tomar el tradicional café árabe hervido en carbón y fumar shisha mientras dialogan de temas de política o economía y leen los periódicos locales.

Los que no podáis salir fuera del potente aire acondicionado del que gustan aquí, disfrutareis de la variedad de centros comerciales con cientos de productos libres de cualquier impuesto aunque aún así más caros que en Occidente... excepto si hay alguna rebaja o promoción donde, entonces sí, es más barato. De entre todos los "mall" el que no os podéis perder es Avenues, uno de los más grandes del mundo, con partes totalmente diferentes: desde la zona que imita una pequeña ciudad europea hasta la que recrea un antiguo zoco árabe o la gigantesca cúpula negra y dorada donde se encuentran las tiendas de lujo. Además de los centros comerciales, el Centro Científico también es un lugar donde pasar unas horas entretenidas. Aquí se muestran una variedad de animales del desierto kuwaití: desde ratas a serpientes pasando por chacalitos, murciélagos o pequeños erizos, algunos de los cuales están domesticados y se pueden tocar. Me dieron un poco de pena los halcones porque sentí que no tenían suficiente espacio en sus jaulas acristaladas. A continuación empieza el acuario, muy completo, donde ver diferentes peceras que acogen animales marinos de todo el mundo: desde pingüinos extremadamente amigables hasta anacondas, pasando por medusas, caballitos de mar, diferentes tipos de cefalópodos y por supuesto las peceras representando los arrecifes de coral. Pero el acuario más impresionante de todos es el gigantesco que acoge tres tiburones blancos (entre otros grandes peces) que es uno de los depredadores más agresivos del reino animal. En el exterior del Centro Científico hay un puerto que acoge barcos tradicionales del país que datan del siglo XIX, cuando la economía del país se basaba puramente en el comercio marítimo entre el mundo árabe, el persa, la India y la costa este africana.

Kuwait cambia por completo durante el Ramadán. Los restaurantes cierran durante el día y solo abren con la caída del sol para ofrecer el fotor, o ruptura del ayuno, cuando las familias kuwaitís se juntan en casas o restaurantes para realizar juntos la primera comida del día, muy copiosa, que empieza siempre con dátiles y laban, un yogur líquido salado. Tras esta primera comida, es tradición que hombres y mujeres se separen para pasar un buen rato charlando en salones de casas o en cafés. Posteriormente, a eso de las 23h empieza el sohor, una segunda comida, menos copiosa, que suele ser con amigos o en restaurantes, más que con la familia. Tras el sohor, los kuwaitís suelen irse de nuevo a cafés o a casas de amigos para continuar la charla que acabará a altas horas de la noche. Y así, todos los días de Ramadán. Las tiendas también ofrecen un horario extraordinario de apertura todo el mes: de 8pm a 2am, ya que son muchos los que optan por pasearse por los centros comerciales y comprar algo. Desde luego, un Ramadán muy diferente en muchas cosas pero también muy parecido al que viví en Argelia.

Finalmente cabe mencionar una excursión muy popular entre expatriados, que cargados de alcohol, aperitivos y refrescos, suelen alquilar barcos para irse a pasar el día a una de las islas del país, siendo especialmente popular Kubbar, una isla redonda rodeada de corales y playas arenosas más o menos bonitas. En la mitad hay una antena de comunicaciones y faro así como las tumbas de seis soldados kuwaitís que murieron allí defendiendo la isla de la invasión de Iraq. Fue curioso verla y disfrutar del ambiente de la playa, así como de la espectacular puesta de sol (con barco militar de fondo) aunque no creo que volviera, ya que las molestas moscas (muerden) y las galletas de chapapote que aparecen de tanto en tanto en las orillas hacen muy incómoda la experiencia. No olvidéis llevar sombrilla porque no hay un solo árbol en la isla.

Por último, daos una vuelta por el recién inaugurado parque Al Shaheed, una auténtica joya del paisajismo urbano. Sus diferentes parques botánicos, zonas a diferentes alturas, colinas, el memorial a las víctimas de la invasión iraquí, los anfiteatros, las ultramodernas fuentes y láminas de agua con juegos de luces... pasear de noche por el inmenso parque es una gozada. Su moderna y acristalada mezquita es también muy curiosa. Esculturas de arte moderno salpican las diferentes zonas del moderno jardín. Por último, no olvidéis al zona de las miniaturas: los edificios más famosos del país están aquí a escala así como una maqueta del viejo Kuwait en tres dimensiones.

Kuwait no es un país al que uno vaya por motivos turísticos. Pero a diferencia de Qatar o Emiratos, donde sus habitantes están acostumbrados a recibir a millones de turistas extranjeros, los kuwaitís, al igual que los saudíes, son mucho más amigables y abiertos al visitante extranjero occidental, por ser una rareza en sus tierras, por lo que si estáis aquí de forma temporal, no os costará hacer amigos que os enseñen los tesoros ocultos del país de los Al-Sabah.

dissabte, 10 de juny de 2017

Dubai

Esta es la segunda vez que voy a Dubai. Y de nuevo, por un tiempo muy corto, algo menos de 40 horas. Pero algo más que la otra vez, que solo estuve 15. Poco a poco, esta ciudad de récords y de excesos pero también de ejemplos de sostenibilidad y diversificación, se está convirtiendo en la auténtica capital económica y cultural del mundo árabe. Más y más compañías internacionales plantan sus sedes regionales en la ciudad mientras que turistas de todos los rincones del planeta abarrotan la ciudad emiratí, que se prepara para acoger la primera Exposición Universal en el mundo árabe, la Expo Dubai 2020. Nuestro Calatrava ya está construyendo la Torre Dubai Creek Habour, que se convertirá en el símbolo de la Expo 2020 y en el edificio más alto del mundo, superando al vecino Burj Khalifa. Dubai se reinventa a sí misma, ofreciendo las mejores infraestructuras del mundo, como el estupendo aeropuerto. La aerolínea Emirates, que tiene en Dubai su hub, es la mejor de todas las que he utilizado con diferencia: servicio impecable, entretenimiento a bordo sin igual, trato al cliente único, comida buena, proceso de facturación sencillo... 

La primera vez que estuve en Dubai fue cuando vivía en Abu Dhabi. Me acerqué a pasar el día y pude pasearme por el Mall of the Emirates y ver su estrambótica decoración, con piezas maestras del arte contemporáneo, así como su acuario interno o el espectáculo musical de la fuente frente al Burj Khalifa, hacerme las pertinentes fotos, pasear por el barrio antiguo (y reconstruido) de Dubai... etc. 

Esta vez ha sido con un poco más de calma. Para empezar, nos quedamos en el vecino emirato de Ajman, en el magnífico hotel Kempinski con playa privada, que es una maravilla. El hotel cuenta con todas las comodidades y una oferta gastronómica muy completa, especialmente el buffet del brunch y del desayuno, así como el restaurante indio. Tras mucho estrés personal y de trabajo, la tarde entre playa y piscina me sentó de maravilla. Aquella noche nos acercamos a Dubai (está a algo menos de una hora) para tomar algo en Treehouse, un rooftop con estupendas vistas a Burj Khalifa, el nuevo gran símbolo de la ciudad, a la espera que Calatrava acabe de plantar la nueva gran torre de la Expo 2020. Tanto la música como la decoración son muy chic, y los cócteles que sirven son estupendos. Perfecto lugar para tomar algo y conversar en buena compañía.

Al día siguiente nos fuimos directos a la famosa The Palm Jumeirah, terreno ganado al mar con forma de gran palmera. Nos dirigimos a la parte más alejada de la costa, donde se encuentra el gran complejo de ocio de Atlantis The Palm Dubai, un gran hotel de 2000 habitaciones muy similar a su gemelo en Bahamas que se inauguró con grandes excesos: 100,000 fuegos artificiales, 7 veces más de los usados en la ceremonia inaugural del los Juegos Olímpicos en todo Beijing.

El complejo cuenta con un parque acuático, una variada oferta gastronómica que incluye el famoso restaurante Nobu y una colección de acuarios preciosa. La principal razón por la que fuimos fue a disfrutar del parque acuático Aquaventure, en el que por suerte no sufrimos colas de espera. Está bastante bien, muy limpio y cómodo, aunque se puede ver todo el tres horas. Los toboganes están fenomenal, hay una pirámide que son toboganes rápidos pero que no dan mucho miedo y otra en la que están los toboganes de las sensaciones fuertes. Muchos de los toboganes son para usar con flotadores (individuales o de dos) con lo cual tanto el confort como la sensación de rapidez aumenta. Mi favorito fue el único tobogán grupal, en que se se usa una pequeña balsa redonda de 8 personas que cae super rápido y da vueltas en una pared vertical impresionante. Varios de los toboganes atraviesan acuarios llenos de tiburones y rayas, para dar más impresión. Al que no me atreví a subir es al que te deja caer al principio en un ángulo de 90 grados: es decir, caída libre. Uno entra al cubículo, y tras una espera la trampilla bajo tus pies se abre y caes hasta que poco a poco el tobogán se va inclinando. Tras tantas caídas aquí y allá nos relajamos en nuestros gigantescos flotadores dejándonos llevar por el divertido y largo río que recorre todo el parque, que cuenta con tramos rápidos muy divertidos. El parque es perfecto para todos los públicos: desde familias con niños hasta grupos de amigos que quieran reírse un rato. Recomiendo comprar la entrada combinada para el acuario, para cuando de ponga el sol: hay descuentos si se compran 24 horas antes por Internet o en el aeropuerto de Dubai.

Efectivamente, al ponerse el sol nos cambiamos y fuimos al acuario, llamado The Lost Chambers, que aunque pequeño es muy resultón. Nos unimos a la visita guiada que sale a cada horas y que ofrece explicaciones y curiosidades sobre los diferentes animales marinos de cada pecera. También ofrecen explicaciones frikis sobre la pseudo cultura de Atlantis y los "restos" que este empresa se ha inventado, pero como no había niños en el grupo, le pedimos a la guía ceñirse a las explicaciones científicas de los animales. El gran tanque de tiburones, rayas y demás peces es muy relajante, de hecho hay sofás para poder disfrutar de las vistas de este gran acuario en paz. El resto de acuarios, más pequeños, son muy variados: desde medusas hasta un arrecife de coral con corales y anémonas de verdad, estrellas de mar, caballitos de mar... me llamó mucho la atención el acuario repleto de langostas pero sobretodo, el estanque descubierto de unos animales prehistóricos con una gran y dura concha y un aguijón cargado de veneno. En acuario circular con un banco de atunes dando vueltas es hipnótico y el de las pirañas da bastante respeto, así como el de las morenas. La verdad es que la hora se nos pasó rapidísima.

Tras visitar a un amigo en el agradable y moderno barrio de Dubai Marina, nos dirigimos al hotel Four Seasons para comer en Nusr-Et, uno de los seis restaurantes del famoso chef y carnicero turco tiene en el mundo (cuatro en Turquía y dos en los Emiratos). Estaba a rebosar. Con todo el éxito que ya tenía, Nusr-Et alcanzó fama mundial el pasado enero, cuando subió en Twitter su famoso vídeo cortando un filete otomano con mucho arte y sobretodo, echándole la sal de esa forma tan suya. Conseguimos una mesa tras esperar 15 minutos y nos tomamos una ensalada de queso de cabra, los famosos Nusr-Et spaguetti (que son trozos de carne de ternera finamente cortados) así como unos solomillos de ternera que estaban espectacularmente tiernos. Sin duda, una de las mejores carnes que he comido en mi vida.

Tras la cena, volvimos al moderno aeropuerto para tomar nuestro Emirates de vuelta a Kuwait. Dubai mejora año tras año. Espero poder visitar la Expo 2020 dedicada a la sostenibilidad así como muchas otras de las atracciones de Dubai que aún no he visto como subir a la cima de Burj Khalifa, visitar Burj Al Arab (el único hotel de siete estrellas del mundo) o la famosa pista de esquí artificial que recrea un pueblecito suizo. También me gustaría hacer un safari por el desierto arábigo y pasar una noche en una jaima. 

dimecres, 7 de juny de 2017

Beirut

La capital de Líbano siempre ha sido un destino soñado. Sin embargo, la ausencia de compañías low cost desde Europa y mi ignorancia y miedos hacia un país que pasó una guerra civil reciente y donde soldados españoles estuvieron presentes hasta hace nada posponían mi visita a la ciudad. Sin embargo, esta vez, al estar a solo dos horas de avión viviendo en Kuwait, donde la oferta turística es casi inexistente. me animé a visitarla, sobretodo porque iba a contar con un amigo kuwaití que conoce la ciudad y que habla árabe.

Llegamos con la compañía libanesa por excelencia, Middle East Airlines - MEA, que destaca por su excelente servicio, por su comida mejor que la media y por tener teles en todos los asientos. Era el vuelo más rápido desde Kuwait a Beirut (unas dos horas). El resto toman más tiempo porque hacen un gran rodeo con el fin de no sobrevolar el espacio aéreo sirio. MEA lo lleva sobrevolando desde que la compañía se creó sin ningún problema. Salimos del aeropuerto de Beirut, pequeño y en calma ese jueves por la tarde, en un magnífico día soleado con temperaturas de ensueño. Las montañas que rodean Beirut y el mar en el otro lado me recibían de nuevo al Mediterráneo, mi parte del mundo favorita de mayo a septiembre. Beirut es una ciudad desordenada, con cables y aceras en mal estado en algunos barrios y edificios altos y bajos sin ton ni son, pero con un gran encanto en conjunto. Llegamos a nuestro hotel, el famoso Riviera, ahora algo decadente pero que aún cuenta con uno de los mejores lounges de la ciudad, con varias piscinas, en plena Corniche, donde se junta la gente más guapa de la capital a broncearse y tomar cócteles en el bar de la piscina. La música suena de 10am hasta las 7pm. Tras un poco de piscineo de bienvenida nos fuimos a conocer una zona totalmente nueva de la ciudad, Beirut Souks, donde calles impolutas albergan edificios homogéneos de piedra con tiendas de lujo que abarrotan su bajos. La foto con las grandes letras I LOVE BEIRUT es obligada.

Acabamos cenando allí, en una de las terrazas más frecuentadas, la del The MET, un restaurante de comida internacional con sushi, pizza y hamburguesas. Me pedí el curry de gambas con chutney de mango y lo regamos todo con una buena botella de vino blanco libanés. La comida no tiene nada de especial, y mi amigo eligió el lugar simplemente porque está de moda y porque es el lugar para ver y ser visto, lo cual a mi me trae sin cuidado. Lo hubiera cambiado por un restaurante tradicional libanés con gusto. Tras la cena, dimos una vuelta por la Corniche, el famoso paseo marítimo de Beirut, llena de gente paseando o sentada observando el mar. y los aviones que descienden para aterrizar al aeropuerto.

Al día siguiente nos fuimos a desayunar al bohemio barrio de Gemmayzeh, cuya arteria principal es la vibrante rue Gouraud, llena de tiendas modernas, restaurantes a la última y las famosas escalinatas de colores que tanto se parecen a las que los libaneses construyeron en Rio de Janeiro, como la famosa escadaria Selaron. Este barrio fue antiguamente centro del Beirut francés y eso se nota en los edificios muy similares a los del sur de Francia. En el corazón del barrio se encuentra un complejo regentado por jóvenes donde se imparten clases de árabe, se cultivan verduras orgánicas y que cuenta con un pequeño hostal y una terraza que abre por las noches pero cuyo elemento principal es el popular Café Em Nazih, un must para desayunar en Beirut, donde realmente se junta todo tipo de público, edades, orígenes y religiones. Es tipo self service con lo que tienes que pedir las bebidas en la barra. El ambiente es relajado, especialmente agradable durante el desayuno. Nosotros pedimos unos panes redondos planos hechos en un horno allí mismo: uno relleno de carne picada, otro de espinacas con queso y otro con zataar, una mezcla de tomillo, ajedrea, mejorana, orégano, hisopo, comino, semillas de sésamo tostadas y sal.

Luego nos dimos una vuelta por la rue Gouraud, curioseando por las tiendas hasta llegar a la gran mezquita de Mohammad Al-Ami junto a la catedral maronita de San Jorge y la catedral ortodoxa griega también de San Jorge en pleno centro de Beirut, un barrio de elegantes edificios con soportales que fue reconstruido tras la brutal guerra civil que sufrió el país durante 15 años con diversas intervenciones y ocupaciones extranjeras. El barrio está ahora vacío, con los cafés y restaurantes cerrando sus puertas debido a las fuertes medidas de seguridad, con bloques de cemento, barreras y soldados fuertemente armados en cada esquina. Numerosos ministerios y embajadas están allí presentes en bellos edificios art-deco, como el de la aseguradora italiana Generali. La plaza central cuenta con un elegante reloj pero el ambiente de esta zona es bastante triste y solitario en calles que hace unos años tenían las terrazas de los restaurantes a rebosar. Remontamos una de las calles para observar los restos de las antiguas termas romanas y subir las escalinatas de la colina donde se sitúa el Grand Serail o Palacio del Gobierno, antigua sede militar del Imperio Otomano en la zona, que también cuenta con una bella torre del reloj de estilo otomano anexa.

Como se estaba celebrando la Beirut Design Week, numerosos locales de muebles, tiendas o de diseño tenían exhibiciones especiales, por las que fuimos curioseando. Especialmente me llamó la atención Bokia, un centro de diseño donde vendían desde curiosos almohadones hasta mesas auxiliares hechas de latas recicladas. Allí nos hicimos varias fotos chulas con peces de tela colgados junto a barquitos de papel de varios colores.

Tras el paseo mañanero nos volvimos al Riviera para relajarnos en sus pisicinas frente al mar con el DJ y de paso broncearnos un poco en sus cómodas tumbonas sorbiendo cócteles de sandía. Aquel día comimos en Al Falamanki en pleno corazón de Achrafieh, uno de los barrios más antiguos de Beirut y centro neurálgico de los libaneses cristianos seguidores de la Iglesia Ortodoxa Griega. El barrio es muy agradable, con tiendas de todo tipo y casas de apartamento cada una diferente, algunas me recordaban a París, otras a Valencia y la mayoría al sur de Italia y a Atenas. Por supuesto también hay edificios modernos estilo Miami. Sus apacibles calles arboladas son estupendas para perderse y saborear el día a día de la clase media y media-alta de Beirut. El caso es que comimos en Al Falamanki, un local muy tradicional y famoso a la vez, donde jubilados jugaban partidas interminables al backgammon (tabla árabe) y grupos de jóvenes fumaban shisha en su jardín aprovechando las buenas temperaturas. Nosotros nos pedimos una shisha y varios mezze para esperar al plato principal. Los entrantes son excelentes, sobretodo las salsas a base de zanahoria y remolacha, y por supuesto los clásicos hummus con carne y babaganoush. De los platos principales me quedo con el perfecto kafta en salsa de yogur y cerezas... único.   

Tras una cena rápida, esa noche fuimos a tomar algo al Bardo, un bar muy chic en pleno Achrafieh donde se junta gente moderna de todo el mundo árabe junto con expatriados para tomar algo y bailar a ritmo de DJ. Las caipirinhas y los gin tonics están estupendos, sobretodo después de meses de "ley seca" en Kuwait. Tras las copas nos fuimos a Project, una enorme discoteca en la costa norte de la ciudad regentada por un grupo de lesbianas donde modelos de todo el mundo junto con la comunidad LGTB libanesa se junta a bailar al ritmo de la música árabe del momento, música latina y también música house en un mezcla que no aburre a nadie.

El sábado nos levantamos tarde y fuimos directamente a comer a uno de los restaurantes más elegantes de la capital libanesa: Liza Beirut. El ambiente del local es soberbio y el servicio excelente, aunque personalmente me gustó mucho más la comida de El Falamanki. Aún así, es verdad que el lugar impresiona y la comida libanesa con toques de fusión europeos es excelente. Como entrante, las empanadillas de pan plano de espinacas o fatayer están muy buenas y las carnes son de primera calidad. Los helados caseros de postre, sobretodo el de pistacho, son estupendos. Al estar en pleno mes de mayo, los fines de semana vienen cargados de primeras comuniones, por lo que varias familias vestidas de forma impoluta, con las mujeres de blanco, se juntaban a comer en el restaurante para celebrar. Me sentí más en casa que nunca.

Fue una de las visitas menos turísticas que he hecho en mi vida. Pero aún así me lo pasé bien y me llevé una buena impresión de la ciudad. Sin duda alguna que volveré a Beirut, muchas más veces. Me he dejado por ver lugares como el Museo Nacional o las rocas de los amantes. Pero volveré no solo para continuar disfrutando de esta maravillosa ciudad, sino para descubrir otros lugares de Líbano como Balbeek, Biblos, Tiro y los bosques de cedros. 

dissabte, 22 d’abril de 2017

El Cairo

A orillas del Nilo

Siempre había soñado con visitar Egipto. La república árabe, por su milenario pasado, me ha fascinado desde que era bien pequeño. Como sólo contaba con tres días, me conformé esta vez con disfrutar de la capital, y dejar para otra ocasión el resto de maravillas que guarda el país. 

Lo primero que me sorprendió fue el excelente aeropuerto del Cairo, moderno y con tiempos de espera muy cortos, a pesar de ser temporada alta. En esta primera estancia nos alojamos en el Cairo Marriott Hotel, originalmente Palacio Gezira, fundado por el gobernador Khedive Ismail para alojar los huéspedes ilustres que en 1869 viajaron a a El Cairo para la inauguración del Canal de Suez, incluyendo a la emperatriz Eugenia de Montijo, mujer de Napoleón III. Sus interiores, hoy restaurados, así como sus frondosos jardines, fueron diseñados por un equipo conjunto de alemanes y franceses. En 1903, el palacio, nacionalizado años antes, se transformó en hotel con el fin de poder reducir la enorme deuda que supuso su construcción.  Durante la Primera Guerra Mundial fue un hospital y en 1919 la familia siria Loftallah lo reabrió como hotel de nuevo. Durante décadas el palacio alojó fiestas y bodas de grandes personalidades, incluida al del Rey Farouk. En 1961, el hotel se nacionalizó dentro de las políticas socialistas de Nasser y en 1970 la cadena estadounidense Marriott tomó el control de la gestión del hotel, restaurándolo y dándole su actual aspecto. Los grandes salones, pasillos y comedores aún existen, así como numerosas escaleras monumentales de mármol, respetando el aspecto y estética original de los tiempos en los que se alojó la emperatriz Eugenia.

Desde la habitación disfrutamos de unas espléndidas vistas al Nilo, fuente de vida del país, adorado y respetado como dios por los antiguos egipcios. Es en las orillas del río que se encuentran los edificios más altos de la ciudad, mayoritariamente grandes hoteles. Esa noche nos dedicamos a pasear por los alrededores de la plaza Tahrir, famosa por ser el epicentro de la revolución que tumbó al dictador Hosni Mubarak. Me sorprendieron las avenidas y bulevares, muy similares a los de Madrid o Valencia pero en los años 80, con grandes edificios de apartamentos racionalistas, modernistas o eclécticos. Recorrimos algunos bares y terrazas, aunque pronto percibimos que la escena nocturna en El Cairo no concuerda con los veinte millones de habitantes de la ciudad. Muchos cariotas nos confirmaron que tras la revolución nada es igual.

Las pirámides de Giza

El primer día desayunamos en isla Gezira, donde está el Marriott. Y lo hicimos como egipcios: fuimos a un local estupendo, el Zooba, donde sirven ful (un puré de habas y garbanzos con limón, ajo y otras hierbas y especias) y taamia (que es el falafel egipcio) además de dos tipos de labna (una especie de crema de yogur): una con olivas y otra con pimiento asado. Tras tan contundente comienzo del día nos dirigimos al sur de la tranquila isla Roda, donde se encuentra el Nilómetro más famoso de todos. Esta estructura, compuesta de una columna con marcas, para prever las crecidas y sequías del río y poder mejor organizar las cosechas. Con la construcción de las presas de Asuán en el siglo XX, los Nilómetros dejaron de ser útiles.

Al lado de esta estructura está el museo de Umm Kulthum, una de las más importantes cantantes árabes. Allí se encuentran vestidos suyos, premios y condecoraciones que recibió alrededor del mundo así como vídeos con su música, conciertos y la historia de su vida. Fue muy cercana al presidente Nasser. Tanto la querían que su funeral, con honores de Estado, fue uno de los mayores de la historia: cuatro millones de personas. Aunque la cantante falleció en 1975,  Kulthum es aún hoy muy apreciada por árabes de diferentes países, tanto por su voz como por sus conmovedoras letras. A la salida, un pequeños parque flor Tras esta visita, nos fuimos hasta la vecina ciudad de Giza, donde se encuentra el valle más famoso de Egipto: el valle de las grandes pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos.

Lo primero que impresiona es ver que están en mitad del área metropolitana de El Cairo, rodeadas de edificios horribles. La más grande de las pirámides, la de Keops, se encuentraba abarrotada de turistas. Existe la posibilidad de entrar en sus pasadizos y cámara mortuoria pero nuestro guía nos dijo que no valía la pena ya que tanto las momias como los enseres de la tumba están todos en museos. Además, dentro de estas gigantescas tumbas apenas quedan jeroglíficos. Vista de cerca, a sus pies, impresiona muchísimo, sobretodo la gran puerta central, sellada con gigantescas rocas.

Nos desplazamos a continuación al mirador, alejado de las tres pirámides, desde donde se disfruta de una panorámica espectacular del valle. Además de las tres grandes pirámides, hay muchas otras pequeñas, algunas semi derruidas, construidas para las mujeres de los faraones. Todas las pirámides estaban recubiertas de reluciente mármol. El problema es que este material fue robado en diferentes épocas para construir palacios u otras tumbas en Egipto. Además, todas tenían pirámides  oro en las cúspides, que también fueron robadas a lo largo del tiempo. En la pirámide de Kefrén, hijo de Keops, aún se conserva el mármol de la cima. Allí también nos explicaron que las pirámides no fueron construidas por esclavos, sino por obreros libres, que recibían tres comidas diarias, una paga y un mes de vacaciones (que solía ser entre los actuales meses de julio y agosto). Las pruebas de los arqueólogos son los cientos de tumbas de los trabajadores de las pirámides que se han ido encontrando en el valle. Los esclavos no tenían derecho a funeral con lo que las tumbas son una prueba de que fueron trabajadores libres, fundamentalmente egipcios pobres atraídos por el empleo asegurado. Parece ser que las escenas de latigazos son una más de las tergiversaciones históricas que Hollywood nos ha "ofrecido". 

Tras las fotos pertinentes, fuimos a ver la Esfinge, que no es más que la cabeza de Kefrén con cuerpo de león, un modo de representar a los faraones uniendo su inteligencia propia y la fuerza del león. Las esfinges se usaron también como protección simbólica contra ladrones de tumbas y malos espíritus. La barba se encuentra en el Museo Británico, en Londres.

Disfrutamos de la impresionante puesta de sol en el Sahara con las pirámides y la esfinge de trasfondo y nos sentamos a ver el show de luces y sonido que se ofrece cada noche. Allí se explica la historia de las tres pirámides, datos curiosos, anécdotas... a través de diferentes recursos como el láser, las voces en off o la proyección de la cara de Kefrén en la esfinge para dar la impresión de que habla. La cúpula celestial y los centenares de estrellas se veían aún más bonitas a los pies de las milenarias pirámides, una de las siete maravillas del Mundo Antiguo y las únicas que quedan en pie. Es una lástima que este año no se represente la ópera Aída porque no puedo concebir mejor entorno para ello. En el show de luz y sonido, los egipcios insisten en que, cuando una sociedad tiene un objetivo claro, y lucha por él, lo alcanza, independientemente de lo complicado que sea. Y hace más de 4500 años, levantar estas estructuras piramidales era una obra que cualquiera hubiera considerado imposible, máxime sin contar con grúas, helicópteros, ni camiones. Pero aún así lo consiguieron porque ese era el gran objetivo social. 

La ciudad de los 1000 minaretes

El sábado nos lanzamos a descubrir el viejo Cairo o ciudad islámica, también considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El taxi nos dejó en la puerta de Nasser o Bab El Nasr, por la que cruzamos las antiguas murallas cariotas. Esta puerta amurallada fue construida en 1087 el Visir Al-Jamali, armenio de origen. Al cruzarla, el ambiente cambia por completo: los amplios bulevares de Zamalek o los alrededores de Tahrir se transforman en callejuelas curvadas con tiendas en los bajos y un ajetreo de gente por todo lado. Las panaderías perfuman el barrio con el aroma del pan recién horneado, amortiguando el olor a pescado de las pescaderías. Trozos de carne colgada compiten con las coloridas frutas y verduras así como tiendas de cacharros de todo tipo, desde shishas hasta ollas de bronce de todos los tamaños. Zapateros, costureros, peluqueros, peleteros, vendedores de alfombras. De tanto en tanto pasaba un afilador de cuchillos o un carro lleno de cestas de mimbre arrastrado por un burro. La llamada a la oración desde los minaretes cortaba por un segundo la algarabía, recordándonos que de tanto en tanto es bueno poner el pausa los asuntos mundanos y reflexionar sobre lo trascendental.

Entre tumbos llegamos a las puertas del complejo funerario del sultán mameluco Baybars II, de principios del siglo XIV, que incluye una mezquita, de confesión chíi en este caso, con la tumba del antiguo sultán rodeada de luces de neón verde en su interior.  La mezquita se encontraba en un estado lamentable, con palomas por todo lado. De hecho, al acceder a su patio central, decenas de palomas echaron a volar, huyendo de nosotros, creando un sonido único. En otra de las calles  nos sorprendió un gran edificio y nos metimos a curiosear: se trataba de la Wekalat Bazara, un caravasar donde se alojaron los grandes mercaderes del tabaco. Se construyó en el siglo XI y fue usado hasta el siglo XVII. El amable guardián nos ofreció un mini tour por las diversas estancias donde los mercaderes exponían sus productos, donde recibían a familiares y amigos y donde dormían, así como los retretes y baños. Las mujeres tenían sus propias habitaciones y entrada diferenciada. De hecho, aún persisten las ventas de madera desde las que podían abrir pequeños ventanucos para curiosear lo que pasaba en el patio central sin ser vistas. A través de unas escaleras de madera sueltas que no nos daban mucha confianza subimos a los terrados, sintiéndonos unos Aladdín de la vida, disfrutando de las vistas del viejo Cairo y sus numerosos minaretes (por algo se le llama a la ciudad como la de los 1000 minaretes). A lo lejos, la ciudadela de Saladino presidía la estampa, con sus cúpulas y minaretes, cual palacio del sultán de Agrabah.

Seguimos paseando mientras empezaban a aparecer tiendas de recuerdos kitch: la zona turística, la famosa calle Al Moez, donde realmente se siente que El Cairo fue la capital del mundo islámico en su época de esplendor del siglo XIV. Y de pronto nos topamos con el magnífico complejo del Sultán Al-Nasir Muhammad Ibn Qalawun, sultán de Egipto y Siria. La compra de una entrada permite el acceso a los siete sitios que conforman este complejo, empezando por el magnífico mausoleo del sultán, ricamente decorado, especialmente el bello mihrab y también su cúpula, bajo la cual se celebraron ceremonias de coronación de varios sultanes. A continuación nos dirigimos a la entrada a la antigua madrasa (o escuela islámica) que es un antiguo pórtico robado de una iglesia palestina. Aquí se enseñaban leyes, medicina, matemáticas y teología en sus dos amplias aulas. El patio central de mármol servía para que los estudiantes intercambiaran conocimientos. A su alrededor, además de las dos aulas, se encontraban las habitaciones de aquellos estudiantes que no tenían casa en El Cairo. El bonito mihrab de una de las dos aulas está hecho de madre perla. El siguiente edificio es el hospital, uno de los mejores de su época. Las fuentes de mármol y el resto de decoraciones se realizaron para que aquellos enfermos sin techo pudieran sobrellevar su desgracia de la mejor manera posible. Ropa, alojamiento, comida, medicina y tratamientos eran proveídos de forma gratuita a los más desfavorecidos. 

La mezquita y los baños públicos o hammam completan el complejo. La entrada también da acceso a la habitación superior del sabil (o fuente pública) de Abderhaman Katkuda, un oficial otomano que en el siglo XVIII restauró y construyó varios edificios en el viejo Cairo. Este edificio en concreto se compone de una fuente pública en la fachada, y una antigua escuela primaria en los interiores. La sala superior, además de sus decorados techos de madera, cuenta con una vista estupenda de la animada calle Al Moez. Muchos arquitectos consideran este sabil como un tesoro de la arquitectura otomana.

Finalmente, con la entrada también pudimos visitar el cercano palacio de Beshtak, construído en el siglo XIV por uno de los mamelucos (oficiales) del sultán, casado con una de las princesas. Este palacio constituye el mejor ejemplo de la arquitectura doméstica mameluca. En los exteriores se construyeron espacios para albergar tiendas, y así obtener las rentas de los alquileres. El palacio cuenta con un bonito patio de entrada, diferentes habitaciones, despensas fresquitas, caballerizas y balcones con bellas vistas. Pero sin duda lo más bonito es el salón de las fiestas, de techo de madera con formas geométricas bellísimo. Las ventanas de vitrales coloreados pero sobretodo la imponente fuente de mármol del centro le dan un ambiente majestuoso. Aquí se celebraron fiestas y recepciones, a las que solo podían asistir hombres. Las mujeres lo observaban todo desde lo alto, en balcones de madera con pequeñas ventanitas que podían abrir para curiosear y ver sin ser vistas. Cuando algún miembro de la fiesta estaba soltero, las familias lo indicaban a las mujeres solteras de las habitaciones superiores. Si a estas les gustaba el susodicho, podían lanzar su pañuelo al salón para indicar que daban la luz verde a organizar el matrimonio. 

Continuamos la visita por el famoso bazar de Khan El-Kalili, abarrotado de tiendas, demasiadas con recuerdos kitch en mi opinión. Atravesando estrechos pasajes llegamos al popular Café de Fishawi, que lleva abierto día y noche más de 200 años y donde renombrados escritores y poetas, incluido el Premio Nobel Naguib Mahfuz, han escrito parte de su obra. El café está lleno de grandes espejos, además de una decoración muy variada. Nos sentamos en el exterior para disfrutar de nuestro té a la menta y de una shisha mientras personajes de todo color atravesaban el pasillo callejero entre las mesas: adivinadoras del futuro, músicos tradicionales, prostitutas, niños mendigos, ancianas en silla de ruedas y vendedores de toda clase. Se hacía duro en ocasiones, sin duda el Café ha perdido un poco su carácter bohemio al transformarse en un imán para turistas.

Volvimos a Zamalek a comer, el barrio donde esta el Marriott, al norte de la isla Gezira. Esta es, sin duda, la zona más bonita de El Cairo, con sus amplios bulevares y calles arboladas, los diversos palacetes que albergan las diferentes embajadas y los restaurantes y cafés a la última que ofrecen recetas con ingredientes frescos. Muchos de los restaurantes que ofrecen comida egipcia casera y una decoración chic se encuentran en la avenida 26 de Julio. Elegimos uno de ellos, el Cairo Kitchen, donde empezamos con una tradicional sopa de lentejas y seguimos con mahchi (que son pimientos, berenjenas y calabacines rellenos de arroz cubiertos de salsa de tomate). Como plato principal pedimos koshary casero, tal vez el plato egipcio por excelencia, a base de arroz, lentejas, garbanzos, pasta, salsa de tomate, ajos y cebolla frita. También pedimos un plato de pollo al yogur y fattah (que es el pan egipcio frito y crujiente). Y para beber, la tradicional agua de rosas con menta. No nos lo pudimos acabar todo.

Paseamos por las bonitas calles de Zamalek, disfrutando de la calma y de la arquitectura. Esa noche cenamos en el Left Bank, situado en la punta norte de la isla, con bellas vistas al Nilo, donde disfrutar de comida internacional. Tras la cena tomamos algunas copas en las diferentes terrazas en lo alto de edificios acabando con una copa de fresco vino blanco egipcio en la del Ritz-Carlton, en la Corniche, que ofrece un DJ en directo con música house.

Del antiguo Egipto al Cairo otomano

Es verdad que son muchos los que insisten en que para ver piezas maestras del antiguo Egipto lo mejor es irse al Louvre, al Museo Británico o a Berlín. Sin embargo, el Museo Egipcio de El Cairo sigue siendo el mayor del mundo, tanto por cantidad de piezas como por la importancia de muchas de ellas. El museo se organiza por las diferentes épocas del antiguo Egipto: desde los tinitas hasta los romanos. Se inauguró en 1902 con el actual edificio, de estilo neoclásico.

El museo ofrece un recorrido a través de esculturas, tumbas, relieves, papiros, elementos arquitectónicos y objetos del día a día a través de miles de años de historia. Una de las salas más visitadas, que se paga a parte, es la de las momias de algunos faraones y sus mujeres, que da escalofríos. La sala estrella (y la más vigilada) es la de Tutankhamón, un faraón que apenas reinó unos años pero que actualmente debe su fama al hecho de que su tumba se descubrió intacta a principios de siglo XX. Su máscara funeraria principal así como dos de sus sarcófagos están expuestos aquí, relucientes, así como muchas de sus joyas, que deslumbran. Las medidas de seguridad en la sala se redoblan, ya que estamos hablando de objetos de oro y piedras preciosas. En cualquier caso, los admiradores del antiguo Egipto nos tiraremos horas en el museo: hay muchísimo que ver, y cosas muy curiosas, incluidas las momias de la época romana con la cara representada en mosaicos o los objetos del reinado de Akenatón, faraón que inauguró una religión monoteísta del sol, culto que duró poco, y casado con la famosa Nefertiti. Muchos de los objetos encontrados en el interior de las grandes pirámides de Giza están aquí también, incluyendo bellas camas a usar por los faraones cuando resucitaran.

Para almorzar volvimos al Zooba, donde tomamos el desayuno nuestro primer día, ya que también sirven comidas. Además del koshary casero de rigor, pedimos el delicioso hígado de pollo, otra receta egipcia buenísima. Y de postre, qombela: un pudin de arroz, queso dulce konafa y basbousa (un dulce de sémola en almíbar) con pistachos.

Nuestra última visita antes del aeropuerto fue a la Ciudadela de Saladino o Salah Ad-Din, sultán de Egipto y Siria durante el siglo XII. Construida para defenderse de posibles ataques cruzados, la fortaleza domina las vistas de la ciudad. De hecho, desde sus terrazas se tienen unas vistas estupendas, incluso se pueden ver a lo lejos las pirámides de Giza. Entre sus gruesas murallas están los museos militar y de la policía respectivamente, pero la pieza maestra es la gran mezquita de Mohammed Ali, construida en lo más alto de la ciudadela en el siglo XIX por los otomanos. El alabastro de los interiores y del magnífico patio junto con el tipo de decoración me trasladó a Estambul y sus grandes mezquitas. Pero lo mejor fue despedirse del Cairo desde las terrazas de la ciudadela, escuchando el bullicio, a lo lejos, de la actual capital de la República árabe de Egipto, que por cierto, tiene uno de los peores tráficos que he visto en mi vida: los egipcios conducen fatal.

Sin duda que volveré a El Cairo. Me dejé por hacer numerosas excursiones: desde Menfis y sus mastabas hasta Alexandria o una visita al desierto de las ballenas. Y por supuesto, mi sueño de hacer el crucero del Nilo para descubrir los templos de Abu Simbel o Luxor. 

dissabte, 1 d’abril de 2017

Hakone & Kamakura

Si uno vive en Tokyo, hay dos escapadas que pueden hacerse perfectamente en un sólo día: una os llevará a bosques, lagos y un volcán espectaculares, todo bajo la atenta mirada del monte Fuji. La otra excursión os trasladará a la era en la que Japón era gobernado por los samuráis.



Hakone y sus medios de transporte

Hakone es una de las excursiones más populares desde Tokyo. Se trata de una región montañosa, llena de bosques alrededor del lago Ashi. Sus onsen, volcanes y teleféricos atraen a masas de turistas sobretodo los fines de semana y festivos con buen tiempo. Las bellas vistas del monte Fuji que se aprecian desde distintos puntos de la región son otro de sus alicientes. El único problema es que fui el fin de semana (por temas de trabajo no tenía opción) y está bastante masificado, uno se siente casi en un rebaño.

La manera más rápida de llegar es con el tren bala hasta Odawara y ahí tomar el tren hasta Hakone Yumoto. No olvidéis comprar en Odawara un pase de día para poder subiros en los diferentes medios de transporte que hay en Hakone. En Hakone Yumoto hacéis intercambio y tomáis el tren hasta Gora. La ruta es muy bonita, a través de una escarpada ladera, atravesando bosques, minúsculos túneles y riachuelos, con dos cambios de dirección del tren. Es en Gora donde recomiendo empezar la ruta, sobretodo si cuando llegáis se acerca la hora de almorzar. Ahí se encuentra Itho Dining by Nobu, uno de los restaurantes del mediático chef, de ambiente íntimo. Cerca también está el Museo al Aire Libre de Hakone, con estatuas de Rodin, Miró y un pabellón dedicado a Picasso con más de 300 de sus obras.

De Gora se toma el funicular hasta Souzan, que sube poquito a poco a través de vías muy estrechas, y de ahí, el teleférico que os llevará a lo alto de Owakudani atravesando unas áreas con altos niveles de azufre. Sin duda es la parte más emocionante del viaje. A través de la cabina observaréis el panorama desolado de una montaña que explotó a causa de la actividad volcánica y de donde aún salen continuos chorros de azufre que, en ocasiones, pueden representar un peligro para la salud de determinados grupos de personas. Por eso, antes de subir al teleférico, se reparten unas toallitas húmedas especiales para ponerse en la nariz en caso de problemas respiratorios. El paisaje era infernal, casi como Mordor, desértico, con chorros de humo saliendo de todo lado y pequeños charcos de aguas amarillentas o de un azul turquesa muy artificial.

El teleférico llegó a la cima. Fuera del moderno refugio, el viento era terriblemente fuerte y frío. Aún así, me asomé para ver el panorama y el Monte Fuji desde allí. Una larga cola esperaba para comprar su bolsita de huevos hervidos en azufre, con la cáscara totalmente negra, que se preparan en cestas de hierro en los diferentes lagos del volcán. Tras la ventolera, se toma otro teleférico, este ya a través de apacibles bosques hasta descender al borde del lago Ashi en el embarcadero de Togendai-ko.

Allí tomé un enorme barco tipo pirata, que parecía sacado de un parque de atracciones. Mi humilde opinió es que la experiencia sería más chula si el barco fuera de estilo japonés. Las vistas eran preciosas. El lago Ashi, encajado entre montañas, es inolvidable. Como ya había visto a lo lejos la puerta toori, y las nubes tapaban el monte Fuji, tomé el bus de vuelta a Hakone Yumoto desde allí. Si no hubiera tenido compromisos de trabajo me hubiera gustado quedarme una noche en algún ryokan y disfrutar en paz de sus onsen, famosos en todo Japón. Desde luego que tendré que volver a Hakone y descubrir sus otras rutas, templos y museos con más calma.

Kamakura, capital de los samuráis

La manera más rápida de llegar a Kamkura es en la línea Yokosuka de JR. Y las razones para hacerlo son varias: a finales del siglo XII, Minamoto Yorimoto, el primer shogún, eligió esta población costera como capital del Japón gobernado por los samuráis. Es por eso que aún hoy en día existen 65 templos budistas y 19 santuarios sintoístas. El más famoso es el Kotoku-in, donde se encuentra el conocido Gran Buda de bronce (el Daibutsu). Se realizó en 1292 y pesa 93 toneladas. El Gran Buda estaba alojado originalmente en un templo de madera que fue destruido por un tsunami en 1495. Desde entonces, la gran estatua ha permanecido a la intemperie. Su enorme tamaño sigue impresionando y de hecho se puede entrar a su interior por la parte de detrás, para entender mejor como se ensambló la gran estructura. Nosotros lo hicimos en agosto y casi nos da algo. Ya de por si el calor estival el Tokyo y alrededores es sofocante pero si encima te metes en una caja de bronce a la que lleva horas dándole el sol, imaginaos. Solo por el impresionante Buda vale la pena venir a Kamakura.

Otro templo muy bonito es el de Hase-dera, que cuenta con decenas de imágenes en piedra de Jizo, el protector de los niños. En este templo se encuentra también una de las estatuas de madera más grandes del país: el Juichimen Kannon, del siglo VIII, una diosa de la compasión coronada con 10 pequeñas cabezas, cada una mirando hacia un lado, con el fin de mirar a todo aquel que necesite de su compasión. En este templo también hay una capilla para Inari, o deidad de la fertilidad y el éxito, a la que se llega tras un camino de varias pequeñas puertas toori rojo bermellón, jalonadas de estatuas de kitsune, o zorros blancos puros, sus mensajeros. Todas las estatuas de los kitsune llevan baberitos rojos, que son puestos por los fieles devotos de Inari.

Recorred también la animada calle principal (peatonal) de Kamakura, llena de tiendas y restaurantes para todos los gustos. La gastronomía de Japón es tan variada que nunca repetiréis. Además, cerca hay un bonito bambusal, mucho más íntimo que el masificado de Kyoto, que alberga un pequeño cementerio histórico. Como era pleno verano, parejas de jóvenes japoneses se paseaban en los kimonos tradicionales del verano, frescos y ligeros, llevando los zuecos de madera tradicionales, mientras se hacian fotos con sus sombrillas ellas y sus bolsas tradicionales ellos. 

divendres, 31 de març de 2017

Bahrein

Bahrein, la perla del golfo Pérsico

Cuando uno habla de Bahrein, la mayoría de los que te escuchan no son capaces de ponerlo en el mapa. ¿Es una isla del Caribe o del Índico? ¿O es más bien un pequeño país africano o del Sudeste Asiático? No, Bahrein es el país más liberal del Golfo Pérsico, allí donde los saudíes van a pasar muchos fines de semana a sus villas y apartamentos, para poder salir de fiesta, o, en el caso de mujeres, poder conducir y pasear alejadas la atenta mirada de sus familiares, vistiendo de una forma más relajada.

Ese es el turismo que llega a Bahrein. Para cualquier otra nacionalidad, esta pequeña isla del Golfo Pérsico no será una prioridad en absoluto. Algunos pararán un día en su recorrido de crucero por la península arábiga. Otros, como mucho, irán por temas de trabajo o alguna reunión, conferencia o congreso. Por eso, en el caso que os encontréis en esta situación, aquí os dejo mis recomendaciones turísticas.

Lo primero que uno debería visitar es el Fuerte Bahrein, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se encuentra situado en Qal´at al-Bahrein, en un típico "tell", es decir, una colina artificial con estratos formados por asentamientos humanos sucesivos. En este lugar, habitado durante milenios, se han encontrado estructuras residenciales, comerciales, de gobierno, religiosas, militares... corroborando la importancia comercial de este enclave durante siglos. La fortaleza que actualmente se visita fue construida por los portugueses aunque previamente este lugar fue la capital de Dilmun, una de las civilizaciones más importantes de la región antes que surgiera el Islam. De hecho, los numerosos restos arqueológicos encontrados en el siglo XX solo eran conocidos hasta ese momento por alusiones en fuentes escritas sumerias.

Lo cierto es que la fortaleza por fuera es bonita, pero por dentro, más allá del pasillo con los arcos renovados, es bastante aburrida. Al lado hay un edificio moderno que alberga el museo, donde observar varios restos entre los que se encuentran joyas, cerámicas, armas, monedas de todas las épocas... tal vez lo más curioso sean los jarros con esqueletos de serpientes: se enterraban en la casa para agradar a los dioses, una práctica extendida en la antigua Dilmun.



Tras la visita, hay un restaurante de comida variada con una buena selección de comida árabe, de hecho con las particularidades de Bahrein, que es el restaurante Zyara. Muy moderno, ofrece precios razonables y cantidades grandes. Pedid el arroz machboos con cordero o gambas o el arroz biryani con pollo o con mero, ambos deliciosos y con los toques especiados (incluida la canela) que caracterizan a la península arábiga. Como postre tomamos el delicioso Umm Ali, un pudding con bizcocho ligero, leche condensada, nueces, crema y coco rallado que me fascinó.

Paseos y más perlas

Otro paseo recomendable es el balcón marítimo de Reef Island, que da a la nueva zona financiera de Bahrain. Desde el paseo se ven los grandes edificios que conforman el moderno skyline financiero del país, las vistas son impresionantes. Además, si vais entre semana a eso de las dos de la tarde, desde este paseo también veréis el espectáculo de decenas de barcos tradicionales de madera (ahora motorizados y todos iguales) saliendo al mar a pescar. Personalmente tuve la suerte de alojarme durante mi tiempo en Bahrain en un espacioso ático que tenía estupendas vistas y desde el que pude disfrutar de la salida de los barcos a diario. Acercaos al centro financiero para haceros una foto en el Bahrain World Trade Center, las gigantescas torres gemelas triangulares con tres molinos eólicos en la mitad, instalados en los puentes que conectan ambos rascacielos. Sin duda, este es el símbolo de Bahrein.

Una visita a este país-isla merece también pasar unas horas en el Museo Nacional, un moderno edificio donde aprender la historia y tradiciones del país. Además, su restaurante sirve comida sana y de gran calidad a precios razonables. La sección que más me gustó del museo es aquella en la que se reconstruyen escenas de la vida cotidiana del Bahrein tradicional, con maniquíes y objetos reales, como el matrimonio, la escuela, la recogida del agua, y hasta un zoco entero tal y como era antes de que se descubriera el petróleo y llegara la modernidad al país. Por supuesto, las perlas ocupan un espacio importante en el museo, ya que antes del petróleo, Bahrein era conocido mundialmente por sus perlas de gran calidad. Desde el siglo II hasta inicios del siglo XX, esta fue una de las principales fuentes de ingresos de la isla. Por eso, la UNESCO también declaró a la industria perlífera tradicional como Patrimonio de la Humanidad. La mayoría de edificios protegidos se encuentran en la ciudad de Muharraq, de calles estrechas y mayoría chíita, encabezados por la fortaleza de Bu Mahir, desde donde zarpaban los barcos rumbo a los bancos de ostras. Cuando en 1914 estalla la Primera Guerra Mundial y el consumo de perlas (artículo de lujo) cae en picado, Japón empieza a desarrollar los cultivos de otras perlíferas. Estos dos eventos ponen fin de forma abrupta a esta industria, haciendo que la economía de Bahrein cayera en picado de cuya crisis solo se recuperó con el incio de la exportación de petróleo.

La comunidad del subcontinente Indio
No se puede entender Bahrein sin pasear por el barrio de la comunidad inmigrante de Bangladesh, la más numerosa en el país. Daos una vuelta por las animada calles del Manama Bangali Golli, el barrio frecuentado por la comunidad bangali y otras como la paquistaní, india, nepalí y de Sri Lanka. Cenad en el famoso restaurante Kiwi, muy popular entre esta comunidad. Evitadlo los fines de semana porque está siempre a tope. Aquí podréis degustar la manera bengali del arroz biryani con pollo, que yo pedí lo menos picante posible. También degustamos el cordero picante, aunque estaba demasiado fuerte para mi. De postre pedimos unos dulces que tienen expuestos en el mostrador bastante ricos, con sabor a coco. 

Si preferís probar la comidad del subcontinente indio en un ambiente de lujo, dirigíos al Nirvana, el restaurante indio del Ritz-Carlton. El restaurante ofrece pocas mesas, en un entorno con luces bajas, decoración barroca y sobretodo, música tradicional del subcontinente indio en directo, con dos músicos tocando instrumentos tradicionales. Impecable.

Dicen que en Bahrain hay buena fiesta. De hecho, es donde cientos de Saudíes de la provicina oriental llegan cada fin de semana para pasarlo bien y poder escuchar música y beber algo de alcohol. Bahrein es el país del Golfo más liberal de todos. Aunque la verdad yo no salí de fiesta ni una vez. Me dejo eso pendiente, así como ver el famoso Árbol de la Vida en el desierto. 

dimarts, 14 de març de 2017

Doha

Doha imparable

La primera vez que puse un pie en Qatar fue hace 10 años, en mi segundo viaje al pequeño país árabe, cuando tuve una escala lo suficientemente larga en mi vuelo a Manila como para salir del aeropuerto. Recuerdo que era agosto y hacía un calor insufrible. Salíamos del taxi para tomar un par de fotos en momentos concretos y enseguida nos metíamos de nuevo, a refugiarnos en el potente aire acondicionado. Nos hicimos unas fotos en el paseo marítimo, conocido como Corniche, que daba al skyline en construcción de Doha, con el bonito Museo de Arte Islámico en primer plano. Luego nos dirigimos a la zona conocida como "La Perla", una marina con grandes rascacielos de lujo y varias boutiques: todo estaba desierto. También fuimos al antiguo zoco, casi desierto, donde lo más interesante era la zona de venta de camellos, situados en diferentes puestos al sol donde casi morimos achicharrados.

Recuerdo que el aeropuerto de Doha era bastante pequeño y feo, con tiendas minúsculas y una oferta gastronómica deplorable, mayormente basada en fritanga y croissants revenidos.

En cambio, mi segunda visita fue muy diferente. Era en febrero, con lo que el clima era fresco. El paseo marítimo bullía en actividad y el skyline de la ciudad había crecido de forma espectacular con impresionantes rascacielos, especialmente la Doha Tower de Jean Nouvel, el mismo que diseñó el Palau de Congressos de mi ciudad, València.

Nos quedamos una noche, en el fantástico hotel W, modernísimo y con un personal que se le podría describir como "cool", tanto por su manera de relacionarse con los clientes como por su estética. Lo único malo del hotel son las vistas de las habitaciones, que dan a un feo parking. Desde luego, lo estupendas que son las habitaciones, la comodidad de las camas o el desayuno tan divertido y sano que ofrecen, lo compensan.

El Museo de Arte Islámico

La tarde la dedicamos a visitar el Museo de Arte Islámico de Doha o MIA, que me quedó pendiente la primera vez. Diseñado por el legendario I. M. Pei, mismo arquitecto que diseñó las controvertidas pirámides del Louvre en París, el museo es espectacular. El arquitecto se empapó de la historia y la cultura musulmana para adaptar su estilo a las tradiciones arquitectónicas del Islam, con un cubismo presente tanto en las mezquitas egipcias del siglo X como en la Alhambra de Granada. Pero no sólo la arquitectura impresiona: el museo contiene la mayor colección de arte islámico del mundo: desde los inicios en el siglo VII hasta finales del siglo XIX, con ejemplares de caligrafía, alfombras de seda, espadas otomanas o cerámicas encontradas en todo el mundo musulmán, desde Marruecos a China. Una de las salas más bonitas es aquella donde se muestran ejemplares de estatuas, caligrafías y bordados en los que se representan animales y personas, explicando que en el Islam si se han representado personas y animales en determinados momentos y épocas (los leones de la Alhambra son un muy buen ejemplo), a pesar del mito general de que siempre ha estado prohibido.

Arriba de todo, en la sala de exposiciones temporales, había una pequeña colección de objectos y fotografías de Mohammed Ali, el legendario boxeador, que pasó largas temporadas en Qatar. Por cierto, el acceso al museo es totalmente gratuito.

Esa noche volvimos a "La Perla", mucho más concurrida, con restaurantes de todo tipo llenos y gente paseando por los diferentes bulevares, además de cientos de yates amarrados en su marina. Finalmente, antes de volver, pasamos un buen rato en el nuevo aeropuerto de Doha, que no tiene nada que ver con el antiguo aeródromo al que llegué hace diez años. El nuevo aeropuerto es gigantesco, lleno de todo tipo de tiendas y restaurantes, con butacas cómodas para esperar y un gran oso de peluche amarillo en el centro decorándolo todo. Sin lugar a dudas uno de los mejores aeropuertos del mundo, junto con el de Estambul. 

Mi imagen de Doha cambió por completo y ahora la veo como una ciudad agradable para vivir, aunque no sé si en el largo plazo podría acabar haciéndose aburrida.

divendres, 3 de març de 2017

Nikko

Tierra de budismo tendai

Una estupenda excursión de un día desde Tokyo es Nikko. Actualmente declarado Parque Nacional, y cuyo santuario es reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, Nikko cuenta con uno de los santuarios más importantes de Japón y el más importante de la era del sogunato, cuando los samurais gobernaban Japón.

Hay muchas formas de llegar a Nikko: dos compañías de ferrocarril, JR East y Tobu, la conectan por Tokyo por diferentes rutas. Yo tomé el shinkansen hasta Utsunomiya y de ahí cambié a un tren local hasta llegar a Nikko, ya que tenía el JR East Pass. Llegué a la estación de JR en Nikko, diseñada por Frank Lloyd Wright, es la estación de madera más antigua de Japón aún funcionando. Además de en Estados Unidos, el famoso arquitecto también vivió y trabajó en Japón, por lo que el país cuenta con importante parte de su legado. La estación de Nikko, en concreto, mezcla el concepto norteamericano de estación de ferrocarril rural con una ligera influencia de las formas japonesas que se mezclan de una forma sutil dando como resultado un edificio de gran elegancia y discreción.

Me dirigí a la calle principal, conocida como la Nihon Romantinc Highway, bastante empinada, en dirección al santuario. Paré a almorzar en Meguri, una antigua tienda de arte reconvertida en restaurante vegano por una silenciosa pareja que cocina y sirve las pocas mesas en tatami que tiene el local. La gran influencia del budismo en Nikko hizo muy popular aquí la shojin ryori, o cocina budista vegana, así que no iba a quedarme sin probarla. Pedí el menú del día, que constaba de un arroz hervido orgánico con trozos de mango, un surtido de verduras frescas cortadas con tanto cuidado y arte como solo podría hacer un japonés y un bol de sopa de curry japonés con verduras. Mientras degustaba tan sano almuerzo no pude dejar de admirar la antigua pintura tradicional del techo.

Mausoleo del fundador del sogunato

Remonté la carretera hasta llegar al famoso puente Shin-kyo, un icónico puente rojo ovalado donde, según la tradición, Shodo Shonin cruzó el río Daiya a lomos de dos serpientes gigantes. Ahora os estaréis preguntando: ¿y quién es el tal Shonin? Lo mismo me pregunté yo, así que me fui a los paneles informativos para repasar la historia del lugar: todo empezó a mediados del siglo VIII cuando el tal Shodo Shonin, un sacerdote budista, fundó una ermita en estas montañas. Durante siglos, estas colinas atrajeron a cientos de monjes buscando instrucción y retiro. Sin embargo, es en 1617 cuando Nikko se convierte en un gran santuario. Ese año, el sogunato decide enterrar a Tokugawa Ieyasu, samurái fundador del sogunato en Japón, sistema que rigió el país por 250 años. En Nikko le construyeron su mausoleo, que aún puede visitarse. De hecho, fue a lo primero que me dirigí. Remontando empinadas escaleras flanqueadas de muros de piedra llenos de musgo y pasando diversos santuarios llegué hasta el de Tosho-gu, donde el nieto de Ieyasu, construyó para su abuelo el colosal santuario actual, empleando a 15,000 artesanos de todo Japón. Atravesé el impresionante Omote-sando, un larguísimo bulevar flanqueado de altísimos cedros, hasta llegar a la Ishi-doori, hecha de piedra, que da paso a una explanada donde está la Gojunoto, una pagoda de cinco pisos y la Omote-mon, la puerta principal del templo, flanqueada por los reyes Deva. Entré en el primer patio del templo, donde están los tres almacenes sagrados del templo, uno de los cuales destaca por su bellísima decoración de elefantes. El mérito del artista fue que nunca pudo ver a estos animales, por lo que los representó gracias a su imaginación. Otro de los almacenes cuenta con un relieve donde se ven los tres famosos monos del budismo Tendai que representan el principio de "no escuchar el mal, no ver el mal y no decir el mal". Subí las empinadas escaleras hasta llegar a la deslumbrante puerta del atardecer "Yomei-mon", abarrotada de tallas de colores, pan de oro y pinturas de motivos chinescos. Sus artesanos, conscientes de su esplendor, y temerosos de despertar la envidia de los dioses, colocaron a propósito la última columna del revés para evitar una obra tan perfecta.

Salí al patio interior del Tosho-gu, donde una bellísima sala de culto tiene en el techo las pinturas de cien dragones distintos, en lo alto de la cenefa, rodean la sala los retratos de los 36 poetas inmortales de Kyoto mientras que en la gran puerta corrediza está pintado un "kirin", bestia mitológica mitad jirafa mitad dragón. Me dirigí ya hacia la tumba de Ieyasu, pasando por uno de los pasillos cubiertos del patio, en la puerta presidida por la famosa escultura de madera del Nemuri-neko, o gato dormido, famoso por su gran realismo, aunque su pequeño tamaño hace que pase desapercibido para muchos de los turistas que me empujaban por todo lado. Desde allí, me dispuse a remontar unas empinadísimas escaleras flanqueadas de cedros que me llevaron hasta la solemne Okumiya, o tumba de Ieyasu. A pesar de que habían más turistas de lo que me hubiera gustado, sentí mucha paz en aquel lugar, sin duda los artesanos habían logrado el objetivo de honrar a la memoria del guerrero fundador del sogunato a través de los siglos.

Un dragón llorón y dulces con alubias y soja

Antes de dejar el Tosho-gu visité su templo más turístico, el Honji-do, cuya famosa sala principal tiene representado en el techo al Nakiryu, o dragón que llora. Como había tantos turistas, nos fueron dividiendo por grupos para entrar a turnos a la sala. Una vez allí, uno de los monjes fue golpeando dos palos entre sí alrededor de la sala. Al final, se situó justo debajo de la boca del dragón y los golpeó de nuevo, generando un sonido único, muy similar al de un lloro, debido a la curiosa acústica de la sala diseñada para crear este efecto único. Todos los turistas soltamos un "ohhhh" al unisono. Por cierto, que en todos estos templos está prohibido hacer fotografías

Me encantó conocer tan bello santuario, desde luego tanto el entorno natural como la arquitectura tradicional son espectaculares. Como ya empezaba a bajar el sol, empecé a volver, dejandome varios templos menores sin visitar. Ya los veré en otra ocasión. Antes de tomar el tren de vuelta en la estación, me aseguré de merendar bien probando los diferentes dulces típicos de Nikko. La primera para la hice en una pequeña tetería en la Nihon Romantic Highway, de bajada, llamada Yuzawaya, para probar sus afamados manju (bollitos rellenos de pasta dulce de alubias azuki), que llevan haciendo desde 1804. La segunda parada de la merendola la hice en la explanada frente a las estaciones de tren, donde en una ventanita vendían age yuba manju, unos bollos de alubias dulces fritas rodeados de yuba, una especialidad de Nikko (y de la cocina vegana del budismo tendai) que es la tela que se forma al preparar el tofu, cortada a tiras. Los bollitos estaban deliciosos, y los sirven con un poco de cristales de sal marina espolvoreados por encima. Casi pierdo el tren de lo entusiasmado que estaba mientras me los comía. Desde luego, en términos de gastronomía, Japón siempre tiene buenas sorpresas escondidas.

Además de Nikko, otras posibles escapadas de un día desde Tokyo son Hakone y Kamakura.